lunes, 27 de mayo de 2013

DISFRUTAR




Y es en este preciso instante cuando el hombre de cincuenta años bien vestido, con su corbata y su americana a juego, se sienta en el sofá de su casa y enciende la televisión, una de esas nuevas Smart TV que te permiten seleccionar todo aquello que quieres ver y te lo guardan en caso de que tengas horarios apretados o quieras dedicar tu atención tan sólo a un tema.

Esta mañana ha abandonado su casa a las siete y media de la mañana y ha estado entrando y saliendo de las distintas sociedades anónimas de las que se convirtió en accionista durante los años del segundo gran Boom de las telecomunicaciones. Ha hurgado en las opiniones de sus correspondientes juntas directivas, que poco a poco, según recuerda y comenta, se han ido convirtiendo en clubs para selectos hijos de puta; y hasta las diez y cuarto de la noche no ha podido sentarse en ese sofá con la intención de relajarse y encender, como estaba diciendo antes, su preciada televisión.

Agarrado a su mando y después de ver un breve resúmen diario sobre el estado de la economía mundial en la CNN, decide abrir el disco duro y darle el play al primer archivo de la lista, que es bastante pesado y tiene unas ocho horas de duración.

En el archivo en cuestión aparecen imágenes de tragedias grabadas por distintos medios de comunicación y entrelazadas con otras. La primera tragedia de la larga lista de tragedias es la matanza de miles de refugiados congoleños a manos de una facción paramilitar muy ligada al gobierno opresor del propio país. En ella se muestran varias montañas de cadáveres de mujeres y niños siendo retirados por un regimiento de Cascos Azules de la ONU, enviados para mantener el Statu quo de la zona y asegurar el correcto abastecimiento de diamantes a los grandes especuladores y multinacionales.

La primera vez que descubre su afición a ver desgracias ajenas está sentado en el coche familiar con su hermano. Él tiene cinco años y su hermano siete, y ambos están esperando a que su madre vuelva de hacer una breve compra en el mercado. Cuando la madre aparece y se sienta en el coche, después de mirarse durante unos segundos en el retrovisor, le da una piruleta de fresa a nuestro protagonista como premio a su buen comportamiento. En ese momento su hermano empieza a reclamar otra piruleta para él alegando que no es justo que el enano tenga una piruleta y él no, pero la madre le responde que no va a llevarse ninguna golosina a la boca hasta que el dentista no le haya tapado las cinco caries que tiene. El hermano se pone a llorar y a gritar, y cuanto más grita el hermano, más consciente va siendo nuestro protagonista de que tiene algo deseado en la mano. La madre le propina una bofetada al hermano, y el hermano llora más fuerte, y la madre le propina otra. El placer obtenido en cada lamida mientras ve la escena de las bofetadas con los ojos muy abiertos no hace más que crecer y crecer. Para ser feliz, se susurra entonces a sí mismo, no le basta con que las cosas le vayan bien: necesita que los demás se ahoguen en el barro.

La segunda tragedia de la larga lista de tragedias tiene como protagonista una evacuación de resíduos químicos altamente tóxicos en cierta zona rural de la India durante los años setenta que ahora, más de cuarenta años después, provoca que las nuevas generaciones de niños nazcan con tres cabezas y otras horribles deformidades, en algunos casos mortales y casi siempre portadoras de retrasos mentales profundos.

Si alguien se acercara a él y le preguntara si disfruta viendo esas horribles escenas en la televisión, nuestro protagonista lo negaría todo, tachando al que lo hace, si resulta que hay alguien lo suficientemente enfermo para hacerlo, de loco de remate. Pero ahí le tenemos, sentado en el sofá, con los pantalones bajados hasta los tobillos, oculto en su más profunda intimidad, echándose lubricante en la mano y masturbándose mientras ve miles de árboles caer, casas destruidas y gente gritando de dolor al son de sus viscerales risas, de su felicidad creciente al saber que otros sufren y él, por fortuna, ha tenido una vida feliz y plena, y está disfrutándola como nadie la disfrutaría jamás.

sábado, 25 de mayo de 2013

EL INTERCAMBIO

El indígena te habla en su extraño idioma y tú no sabes qué hacer al respecto. Durante unos breves instantes te palpas la barbilla y sonríes, pero entonces piensas que podría estar hablando de la muerte de su mujer y decides dejar de sonreír en seco, sin mostrar ninguna clase de transición. Un agudo graznido de pájaro resuena entre los frondosos árboles. Tus ojos se entrecierran durante una fracción de segundo y a continuación ladeas la cabeza y pones cara de estar escuchando. El hombre tiene una gran perforación en su nariz a través de la cual sale un cuerno de madera. Su idioma utiliza muchísimo el dígrafo "ch", y de vez en cuando te escupe algo de saliva -en ocasiones algo de esa saliva entra directamente en tu boca-, pero en ningún momento cambias la expresión. Tienes miedo porque estás rodeado. 

El ambiente del poblado es húmedo y caluroso: tu cara brilla por la pátina de sudor que te cubre todo el cuerpo, y llevas dos días con la sensación de que algo en tu estómago no termina de ir demasiado bien. En un momento puntual tu interlocutor deja de hablar, pone las dos manos a la altura de su cabeza y hace un leve movimiento de entrecierre con ellas, como si estuviera apretando algo, para después colocárselas justo debajo del pecho. Sin ninguna duda al respecto, te das cuenta de que te está hablando de tetas y automáticamente, después de haber estado buscando con impaciencia al menos un punto de contacto con ese hombre, mimetizas sus movimientos mientras piensas en un par de tetas jugosas. En respuesta, el indígena asiente, ríe y te mira con los ojos muy abiertos. Luego emite un silbido y a los pocos segundos aparece una chica negruzca, sucia y casi desnuda. Al parecer, alguien la ha empujado a escena, porque ha salido torpedeada de entre el grupo de indígenas que han hecho un corro a tu alrededor. La muchacha parece tímida y nerviosa. Unas minúsculas piezas de teca anudadas a hilos de fabricación propia se entrecuzan para formar una maraña de tejido y madera articulada que le tapa la zona genital. Más de un espectador le da codazos al compañero de al lado y este le responde con una franca sonrisa de expectación. En ese momento todo tu cuerpo empieza a fabricar grandes cantidades de un sudor frío y apestoso. Piensas seriamente por qué decidiste embarcarte solo en este viaje.

El indígena con el que te has estado comunicando hasta ahora mueve una mano como ofreciéndote a la chica, y luego señala tu smartphone. Es entonces cuando recuerdas un breve pasaje del antropólogo Lévi-Strauss: "ante el ofrecimiento público de una mujer -algo infrecuente, a decir verdad-, negarles la satisfacción a su propuesta puede intuirse como un error de protocolo que podría ir, en la mayor parte de los casos, acompañado de graves consecuencias".

Le echas un ojo a la chica. Tiene los pechos pequeños e ingrávidos, algo extraño en la zona, puesto que las mujeres de aquí no llevan sujetador y, por lo tanto, se exponen a una prematura caída de los senos. Lo más probable, siguiendo esa deducción, es que te encuentres delante de una niña con desarrollo precoz de no más de doce o trece años. Recordar que tu hija está rozando esa edad no te ayuda en nada, pero ahí queda. Ante tus fuertes dudas, el grupo de nativos estrecha el cerco en el que te encuentras. Asustado, levantas las dos manos en señal de paz y empiezas a gritar con voz medio ahogada "un momento, por favor, un momento".

Aceptas el trato.

No han tardado casi nada en preparar, justo en mitad de la plaza en cuyo alrededor se alzan las modestas cabañas de madera, un lecho con hojas frescas e intensamente verdes de banano. La niña, tumbada de espaldas y habiéndose quitado ya el taparrabos, revela una vagina peluda, húmeda y brillante. Sus pechos se desvían hacia los lados, dejando en el centro del tórax un ancho espacio. Piensas en acercarte al jefe y mostrar tu queja: en ningún momento creíste que la realización del acto con esa niña sería un evento público. Pero decides callar. Al fin y al cabo, no conoces su cultura. No sabes nada de cómo viven.

Una gentil llovizna empieza a caer sobre vuestras cabezas, pero a nadie parece importarle. Hace menos de cinco minutos, habiendo acordado el pacto, le has entregado al jefe tu móvil. Como lo tenías apagado para ahorrar el máximo de batería posible, se lo has enciendo, has marcado el código pin y se lo has dado sin más. Mientras algunas mujeres del poblado te quitan la ropa, observas cómo lo inspecciona. Parece tratarlo con poco cuidado: abre la tapa trasera y toquetea la batería sin llegar a retirarla. Llegado el momento, cede el smartphone a otro nativo, que a su vez también le echa una ojeada, y así sucesivamente.

Una vez desnudo, descubres las risas de todo el pueblo. No se puede decir que rían porque la tienes pequeña o porque tengas algún otro defecto importante escondido. Lo hacen porque al parecer nunca han visto el pene de un hombre blanco. Sientes la sarna y la humillación. Tu cara se muestra llena de una ira difícil de esconder. Es una violación en toda regla, piensas. Esos enfermos te van a robar hasta la última brizna de dignidad que quede en ti. Los niños, alegres y excitados, corretean de un lado a otro. En su mayoría están algo gordos, pero de esa forma que sólo denota una buena salud y futura fortaleza. Hay varias madres de pie, muy cerca de ti, dándole el pecho a sus bebés. En ningún momento te quitan la vista de encima. Es como si se estuvieran preparando por una hipotética huida tuya. 

Cuando toda la tribu se ha reunido a tu alrededor, se hace el silencio. Un rayo lejano parte el cielo. La llovizna no cesa, pero tampoco se intensifica. Esta vez te han dado más espacio: todos ellos se han resguardado de la lluvia bajo los toldos hechos con ramas situados justo enfrente de la puerta de cada cabaña. Parecen inestables e ineficaces, pero en verdad no dejan pasar ni una gota de agua. Aunque estén más lejos que antes, cabe decir que siguen estando relativamente cerca de la escena central en la que te encuentras -a unos seis o siete metros, a lo sumo-, quizás para tener mejor perspectiva del espectáculo. Por su parte, los niños están en primera fila. Hace poco tiempo se acercaban a su amiga tumbada entre las hojas de banano y le contaban cosas, pero ahora nadie ríe, nadie habla. El silencio sepulcral de todo el poblado sólo se rompe cuando una racha de viento mece las ramas rebosantes de vida de los árboles. 

La chiquilla te observa con una mirada seca y a la vez asustada. Ella va a disfrutarlo tan poco como tú. Te arrodillas. Alzas la vista y miras a los indígenas con cara inexpresiva, como si fueras una cámara de vídeo fija sobre su trípode, haciendo un lenta pero constante panorámica. El silencio te parece ahora más profundo. Tu visión se va reduciendo a un pequeño punto redondeado en el centro de la imagen. Los senos. El ombligo. El pubis. Sientes un indescriptible asco al notar una incipiente erección contra todo pronóstico. La chica se abre.

Quince minutos después terminas. Cuando sales de dentro de ella se rompe el silencio. Automáticamente se reactiva el movimiento como si alguien los hubiera enchufado a la corriente eléctrica, y la gente vuelve a sus quehaceres. Una mujer, que al parecer podría ser la madre de la chica, se acerca, la recoge y se la lleva al interior de la cabaña más cercana. En cuanto a ti, ultrajado y al borde de las lágrimas, recibes la orden de levantarte y seguir al jefe y al resto de mandamases de la tribu. Te permiten, eso sí, vestirte y ponerte los zapatos. 

Te llevan por un oscuro sendero selvático. Todos los hombres del grupo llevan sus respectivos cuchillos colgando del taparrabos. Varias especies de árboles y enredaderas se entremezclan y pelean por conseguir su correspondiente ración de luz. ¿Por qué te llevan por ese siniestro camino de selva? ¿Acaso van a cortarte el cuello en el primer claro que encuentren? El ululante grito de los monos es potente y largo. En más de una ocasión parece que ni respiren entre alarido y alarido. Media hora más tarde te obligan a parar. Tragas saliva. Uno de tus acompañantes, un hombre que en ningún momento ha dejado de sonreír, aparta un florido arbusto. Y entonces la ves. Ves la antena de telecomunicaciones. A continuación sacan sus cuchillos e imitan el acto de asesinar a alguien. Uno de ellos se hace el muerto. Todos se ríen de ti. No van, como hacían antaño, a matarte. Si así lo hubieran querido, piensas, ya estarías despellejado y colgado del palo que se alza en la entrada de la aldea.  

De pronto un chico sale de la caseta situada al lado izquierdo de la estructura que apoya la torre de metal. Viste un uniforme de la compañía telefónica propietaria y baja el pequeño promontorio coronado por la antena, con paso firme, para saludar al jefe de la aldea de forma cordial, incluso efusiva y amistosa. Todos se ponen a hablar con él animadamente y a comentar sus cosas en el idioma que desconoces. Al rato, el chico parece reparar en ti. Su sonrisa es franca y atenta. El jefe le entrega tu móvil.

Se acerca, rodea tus hombros con su brazo y te enseña la grabación de todo el suceso realizada con la cámara de vídeo de tu smartphone. El chico, que habla inglés de una forma tosca y malsonante, te cuenta que antes de la instalación de la antena de comunicaciones, si hubieras tenido el valor de acercarte a esa aldea, te habrían matado sin piedad para quedarse con todas tus cosas, pero que gracias a la globalización eso ya forma parte del pasado. A continuación, traduce un proverbio muy conocido en la zona: ¿para qué comerte a la cabra si te puede dar leche? 

El vídeo se reproduce. Tu cara se ve perfectamente mientras mueves la pelvis hacia adelante y hacia atrás. El chico pulsa el símbolo share situado en la esquina superior derecha de la pantalla. Aparece la lista de contactos. Quieren el número secreto de tus tarjetas de crédito o se lo enviarán a tu mujer. A tu hija. A tus padres. También a tus hermanos. A tus tíos. A tus primos. A tus amigos. A tu jefe. A tus compañeros de trabajo. Toda la gente que conoces va a saber que te follaste a una niña. Van a destruir tu vida si no haces lo que te ordenan. Lo quieren todo de ti, quieren grandes y constantes sumas de dinero para mantener su silencio. No van a abandonarte nunca.

sábado, 11 de mayo de 2013

ENTREVISTAS A TUITEROS ILUSTRES: @trospida


Nuestra querida @trospida abre su cuenta en enero de 2012 y desde entonces molesta a todo el mundo. Sus tuits profundamente misántropos, críticos, sarcásticos, ingeniosos, inteligentes y decadentes se ganan rápidamente el cariño de un nutrido grupo de tuiteros nocturnos con largos historiales de depresión y soledad. Es uno de los puntales, durante la primera mitad de 2012, del Turno de Noche de la primera era "Carapokautskypelosh" -aunque está claro que mucha gente no la habrá visto, puesto que su prometedora cuenta de odio y resentimiento ha sufrido numerosos maltratos, tales como cambios de avatar y nombre, y ausencias en Twitter que llegaron a durar meses, entre otras razones porque estoy casadísimo con ella-. 



¿Por qué eres tan hija de puta con todo el mundo?

Porque la vida me ha tratado muy mal. Nacer en África, tener que lidiar con la incultura de mi entorno a base de Internet y de malas compañías… una serie de mierdas que construyen sin quererlo una bonita embajada de odio en mi cerebro.  Vamos, que no sé por qué, ni siquiera me considero una hija de puta.



¿Infancia en África?

Sí, nací en Canarias (o eso me han contado) y odio mucho sin vocalizar.

Es curioso conocer a una persona de canarias que sepa qué es Internet. Comentas que tu odio proviene de estar rodeada de incultura. ¿Te consideras culta o simplemente es una pose para justificar tu trollidad?

Es curioso hablar contigo como si no nos conociéramos de nada, también. Me considero culta con respecto a mis amigos. Porque no tengo. No, no soy culta. Tengo una carencia muy bruta de cultura general, aunque tengo mis conocimientos especializados como todo el mundo. Y no soy un troll. Los trolls (¿o trolles?, yo es que de cultura poco, ya te digo) se dedican a molestar, yo sólo hago mi opinión pública, sin intención de ofender a nadie.



Bueno, quizás no odies a nadie, pero debemos admitir que se te da bien ridiculizar a la gente. Recuerdo más de una discusión con otros tuiteros vía mención con tronchante resultado. De hecho, aquí adjuntaré una de las más graciosas, ingeniosas -y por fortuna nuevas-, que recuerdo:


Hilarante. La verdad es que disfruto debatiendo. Disfruto muchísimo. Para mí esto fue un debate con humor.

¿Y cómo es que tus opiniones públicas son siempre tan corrosivas? Porque podría contar con los dedos de las manos las veces que has hablado en términos positivos públicamente, aunque sólo sea acerca de lo guapo que te resulta Jesucristo.

Los comentarios positivos en plan “me gustan los gatos” no aportan nada a nadie, considero. Sería absurdo hacer ese tipo de comentarios. Vale, en realidad no tengo muchos pensamientos agradables. Pero no creo que sea todo tan malo, sólo me río de lo que me encuentro por ahí. Jesucristo estaba petable. No saben nada los productores de películas de Semana Santa… ¿Por qué crees que están tan de moda las barbas ahora? Recristianización.


¿En ese sentido podríamos decir que eres una buena chica que se ríe de todo lo malo por miedo a tener, por ejemplo, un cáncer?

Tengo mucha fobia a los médicos. Me río del cáncer, no, nunca me he reído del cáncer. Me aterroriza el cáncer. Si acaso lo satirizo de puto miedo que me da, pero reír no río. Cada día amanezco con un nuevo tumor, es terrible. Iba a decir que no es un tumor real, pero no lo sé, porque me da miedo hacerme pruebas.

¿Qué significa para ti Twitter? 

Twitter por definición es la red “social” de los inadaptados. Por tanto, es el mejor medio para conocer a gente interesante. Eso sí, la búsqueda puede llevar años, porque en medio hay un gran entramado sectario que da mucho miedito. Así que por definición mía, Twitter es una secta más. 

¿Qué colectivos de tuiteros odias más? Y si hay algunos que te caigan bien, dilo también. Recemos por sus almas.

Era ex-miembra del Turno de Noche. En general, sus componentes me caen bien. No puedo decir que odie a ningún colectivo concreto, a no ser que las chicas entren dentro de un colectivo. Sé que me estoy ganando el cielo feminazi con esta declaración, pero no puedo con la mayoría de ellas. Creo que forman como mucho el 10% de la gente a la que sigo. Se corresponde con mi relación con ellas en la vida real. Dentro del colectivo “chicas” debo destacar a las que van de femme-fatales, esas que fingen ser muy bordes y fumar y molar para ligar con chicos aún más gilipollas que ellas. También odio a las van de Amélies, en plan bohemias de mierda que aman Francia y tururú. Luego están las que van de cultas literatas y cinéfilas, uf, y sólo hablan de Bukowski y Kerouac. Luego están las que lo unen todo y ya no sabes por qué parte odiarlas.


Por lo tanto debo suponer que consideras a los chicos mejores tuiteros en general.

Sin duda alguna, en general son mucho más inteligentes. O al menos me dan esa impresión. Van más por mi línea de pensamiento, no sé si me entiendes. Pero que quede claro que hay tuiteras que se salvan.

¿Cuáles? 

Pf, ahora mismo… La verdad… Déjame que piense. Hmmm, @Llaguitas me gustaba mucho cuando tuiteaba. Luego está Tus Ladillitas (@aguitaamarilla), que también tiene flow. Sandra Radke (@HijadeHelgan) también tenía un nosequé, pero no solemos coincidir tuiteando. Y también a Múnich  (@LadyMunich)  Y creo que ya.

¿Te sientes ignorada en Twitter?

Hombre, no soy muy popular entre la gente sensible. Nah, la verdad es que más que ignorada me siento incomprendida, pero ya lo dejo claro cuando digo que tengo los followers caducados. También está el asunto del medio año sin tuitear, que se olvidaron de mí y ahora ya no molo. Pero molo más.


¿Cuáles son tus tuits favoritos?

No lo sé, tengo muy mala memoria. Me podrían plagiar lo que quisieran de hace más de un mes que no me daría cuenta. Pero en cuanto a apego, le tengo mucho cariño a la serie de tuits de la bohemia. Y el del streaming, que sé que te gusta mucho.









Remarco que @trospida fue la inventora de los famosos y ya olvidados tuits plantilla "Soy tan bohemia que..." y "Sagente que blablablabla. Sagente". 

sábado, 4 de mayo de 2013

LIFESTYLE

Aunque ya era maduro, de unos cincuenta y cinco años y tenía algo del sobrepeso típico de la edad, el hombre que dos días antes le había ofrecido prostituirse aún conservaba un recóndito y formal atractivo. No terminaba de participar en el tópico demasiado claro y raído de lo que tendría que ser un hombre con dinero. Lo que más le llamó la atención de él fue que no la tocó ni una sola vez. En lugar de los dos besos de protocolo, le dio la mano. Una mano grande y fuerte. Un reloj de oro brillaba con fuerza en su muñeca. En ese momento ella pensó, fugazmente, que quizás ya no era tan atractiva como antes.

Los presentó una amiga común. Una abogada. ¿Podría ser que, además de abogada, fuera puta? La palabra “puta”, pese al solapado intento de lavado que en ese momento intentaba apropiarse de ella, aún le parecía fuerte y sucia. Le resultaba difícil concebir que una mujer no-puta conociera a un hombre que pretendiera formarlas. Naturalmente, podría haber prostitutas abogadas. De hecho, tan sólo les faltaba un pequeño paso para serlo con todas las letras. Aunque no era un asunto de su incumbencia, pues siempre había respetado lo que cada cuál hiciera con su vida, se instaló en ella una sombra de desprecio dirigido a su amiga. Al fin y al cabo, la palabra “puta” seguía siendo un insulto.

Uno de los insultos más molestos y arraigados utilizados por mujeres para herir a otras mujeres era “guarra”: el término peyorativo de la mujer que se acuesta con muchos hombres. ¿Cómo no podría ella, aunque fuera inconscientemente, sentirse avergonzada por su amiga? La respuesta verdadera a esa pregunta, temió, se encontraba en su cuenta bancaria.

Quizás todo ello ni trataba de emociones. Aunque le pareciera una metáfora algo estúpida, no podía parar de pensar que bajo su piel y músculos había una calavera igual de tersa que en su primer día de existencia; una calavera con su abovedado cráneo. Por si no fuera poco, esa misma calavera también lucía un perpetuo rictus de sonrisa: aunque se pasara años llorando encerrada en su pequeña cueva, en cuya cocina había una nevera llena hasta los topes de aire, la sonrisa seguiría allí durante mucho más tiempo que ella misma. Tendría lo amarillento dentro. El vapor impulsaba pistones en ello. Todo podría ser realmente fácil si era capaz de desnudarse de un montón de pensamientos arraigados para después volverlos a vestir. Decidirse a ser un objeto. Quitarse de la cabeza la estúpida idea de que ella debía no ser un objeto, o que hasta ahora no había sido un objeto. El trabajador, hiciera lo que hiciera, era un objeto: cavaba con sus manos un agujero hasta que llegara el retiro o la tumba, que sería cavada por otros trabajadores a su vez. La mujer normal y corriente era un objeto que escupía niños por la vagina y se compraba muchos zapatos; una mujer que lloraba cada vez que veía una serie de películas cuyos guionistas habían diseñado, con un frío cálculo de objeto para que lloraran. Ella, la futura prostituta, era una inestable reaccionaria fruto y objeto de los fármacos; el presidente, con su cara de idiota y sus manotazos de ahogado, era objeto del odio colectivo. La puta, al menos, se llevaba la mejor parte: era un objeto primigenio. Algo, y no alguien, considerado objeto por el resto de la sociedad desde tiempos inmemoriales.

El resto de los seres y oficios, ante esa perspectiva, carecían del mismo y honesto sabor, aunque en el fondo supiera que todo ese argumento que había hilado en su cabeza no tendría validez alguna al día siguiente, cuando ya no se sintiera como en ese preciso instante y volviera a necesitar pretextos para justificar una y otra vez -o increpar- algo que aún no había hecho: ser una puta. Al día siguiente, ser una puta tendría en ella misma todos los argumentos en contra. Sería suciedad y esclavitud. Una jaula profunda. De nuevo la sensación amarillenta reptando por su cara.

Un ejemplo claro de esas variaciones en su pensamiento diario podía encontrarse en una noche ya lejana en la que estuvo aprendiendo nociones de química para poner una bomba en una concurrida sucursal bancaria. En su imaginación observaba con asco las corbatas bien anudadas o el triángulo que formaban las manos de los seguros trabajadores de la banca, sentados en sus sillas acolchadas. Las escisiones de carácter torturador, que se iban recomponiendo con las imágenes rituales que ella misma se repetía acerca de los obreros, le provocaban ataques de ira. Veía las sirenas de los trenes y el traqueteo de los pistones rodando sobre su mismo eje, agarrados a una maquinaria humeante; oía el hilo musical enlatado, el olor dulzón del mobiliario blanquecino. El cable rizado y gris que ataba cada uno de los bolígrafos. El carbón rojizo, la dificultad de distinguirlos en su cabeza con el color que tomaban las rejas de los fogones de su cocina cuando llevaban un rato encendidos, o de algo caliente. Veía sus manos agarrando algo, una caja explosiva de treinta por veinte, quizás atada a un teléfono móvil, aún no lo sabía. Veía algo que lo formateara todo.

Descubrió una web arcaica, alojada en un polvoriento servidor, que le enseñaría a hacerlo; y hasta tejió una estrategia para poder comprar los ingredientes necesarios sin que la policía la detuviera. Mañana compraría los productos y los iría dejando en los buzones de amigos de confianza. Cada símbolo con su parte. El ácido bórico, por ejemplo, sería de Juan, que podría justificar, ante el hipotético caso de una absurda redada policial, la existencia de una invasión de cucarachas en su casa. Era una buena coartada, sin duda. Las piezas encajarían perfectamente. De eso estaba muy segura. Todo podía funcionar si se pensaba bien y había una gran organización, se repitió varias veces.

Lo cierto es que podría haberlo hecho. Preparar una bomba no sería, a todas luces, algo difícil. Podría haberlo hecho. ¿Y por qué no lo hizo? Por una simple razón: se prometió a sí misma que lo haría mañana. Cuando ese mañana apareció y se tuvo a sí misma sentada en la mesa, untando de paté una rebanada de pan de molde, ya no pensaba así. Toda ella, toda esa fuerza de decisión que horas antes la habían llevado a una sensación pletórica, se habían disipado como el polvo. Su odio seguía intacto, pero la potencia de sus manos había desaparecido. Poner una bomba hubiera sido la expresión de fuerza de su propio cuerpo. ¿Quién no querría hacer desaparecer aquello que le disgusta? Convivir con lo odiado podía soportarse un tiempo, siempre y cuando hubiera una mínima distancia entre lo odiado y el odiador. Ella ya llevaba tiempo viviendo en el mundo.

Acumuló todos sus ansiolíticos en el baño y tiró de la cadena. Habían en la taza tantas y tan variopintas pastillas que la primera succión se llevó consigo sólo dos tercios del total. Antes de tirar de la cadena por segunda vez, la picada del amargo terror rozando la posibilidad de un ataque de pánico le obligó a cambiar de rumbo. 

Dos horas más tarde se tomó un par de pastillas mojadas en su propia orina, y una semana después se encontraba abogando a favor del pacifismo en una discusión entre amigos, para luego terminar pensando seriamente que la única y mejor forma de solucionar los problemas era utilizando la violencia.

Todas esas dudas sobre sí misma y el deseo de aclarar sus futuros actos provocaron que se instalara en ella un vacío en el estómago. Ese vacío, como si tuviera un pequeño globo en las entrañas, se había ido hinchando a medida que iba dándole vueltas a su cabeza. Quizás, especuló, dos semanas más tarde estaría soportando el peso de un hombre desnudo y desconocido en su cuerpo, que también estaría desnudo y por otro lado demasiado examinado. Podía verse como la víctima del accidental derrumbe de un edificio, sollozante, sepultada bajo una pesada viga. Ni ella misma sabía por qué se imaginaba en blanco y negro. Por otro lado, si una viga estuviera encima de ella, sentiría una presión, y no ese vacío que sentía ahora. Ambos, vacío y presión, eran dos términos que consideraba inequívocamente malos. Si tuviera un vacío en el preciso instante que el hombre desnudo se posara encima de ella para penetrarla, estallaría la presión en su cuerpo y ambas sensaciones se declararían la guerra, para luego eliminarse mutuamente.

viernes, 3 de mayo de 2013

SEPULTURA Y SOCIEDAD


Cuarenta y siete personas acudieron al entierro del hijo de un vecino. Había muerto, a causa de un terrible accidente, un par de días atrás. El acto, que había ido elevando la sensación de tragedia a medida que los más viejos se iban acercando a los padres para darles sus condolencias, se celebraba en un pequeño salón de actos habilitado por la funeraria. Yo me encontraba ahí en compañía de mi mujer. Estábamos sentados en unas sillas alejadas, sutilmente, del epicentro del bullicio. 

Ella había estado toda la noche insistiendo para que fuéramos a ver a los padres damnificados. Al principio me negué, pues debo admitir que odio todo lo referente a la muerte y aún más cuando su objeto tiene ocho años de edad; pero al final tuve que aceptar porque eran nuestros vecinos de enfrente y ella no quería hacerles un feo tan grande. Rechacé la posibilidad de quedarme en casa alegando enfermedad o trabajo: supongo que la justificación radicaba en su embarazo de cinco meses.

En el centro del salón había un gigantesco ramo de lirios blancos. Un mensaje, bordado en la banda que lo cubría, rezaba un “Tu Família Te Llora”. Un poco más atrás estaba el pequeño ataúd de tapa partida, también blanco, posado sobre una mesa de caoba. Esparcidas en el espacio sobrante de esa mesa, habían diversas fotografías que yo no lograba ver. 

Luego vi por primera vez al padre, después del accidente, rodeado de personas. En ese momento mi mujer se peinó bien el flequillo con las manos y se aplanó la falda. Me miró. Me dijo que tenía que ir con él. La miré. Nos levantamos.

Nos cruzamos con un montón de gente. Mi mujer les hablaba. Yo me quedaba a un lado. La mayoría susurraba concentrada en pequeños grupos de cuatro o cinco personas. El tiempo que tardamos en hablarle al padre fue menor del que tardamos en poder hablar con él. Un señor insistió en darle su reloj sin venir a cuento. El padre me miró en señal de no entender nada, y yo le devolví la mirada intentándole decir "no esperes nada normal de un inmigrante". Cuando el señor se fue, nos abrazamos por turnos. Debo reconocer que sentí un cierto celo en ver como el tipo se agarraba a mi mujer. Nombro a ese pobre hombre "tipo" porque entonces no sabía cómo se llamaba. Luego nos abrazamos nosotros dos. Me agarró fuerte. ¿Intentaba demostrarme que él, pese a la muerte de su hijo, era el macho dominante del grupo? Al minuto y medio se puso a llorar. En todo el rato que llevaba mirándolo no había llorado, y ahora lo hacía. Temí durante unos segundos que ese hombre cuyo hijo había muerto intentaba parecer más sensible de lo que realmente era delante de mi mujer con la intención de enternecer su corazón y follársela en alguna esquina oscura. Le dimos nuestras condolencias. Anecdóticas y poco sentidas, claro. A los diez minutos nos fuímos. Ella quería hablar con la madre, pero yo ya estaba harto de ese sitio. La agarré de la mano, le dije que no aguantaba más y nos fuímos.

El niño me caía bien. Era uno de esos chavales que nunca arman alboroto. Las pocas veces que llegué a verle me lo encontraba sentado bajo un árbol leyendo libros. Me resultaba irónico pensar que si se hubiera colocado al otro lado del árbol no le hubiera pasado nada, porque el árbol era un roble, y es sabido que esos árboles lo aguantan todo, incluso el impacto de un camión de mercancías.

Mientras volvíamos en coche hacia casa mi mujer me empezó a reprochar el hecho de que nos hubiéramos ido. Dijo que le parecía de muy mala educación no haberle dicho nada a la madre. "Y qué quieres que le digamos", repliqué. Y ella me respondió un "lo sentimos mucho". Yo le dije que eso no servíría de nada.

Diez meses después, en el velatorio de nuestro hijo, los padres del niño se pusieron delante de nosotros y nos dijeron que lo sentían mucho. Observé a mi mujer: me dio la razón con la mirada.

miércoles, 1 de mayo de 2013

SEPULTURA Y OCIO

Le dan sepultura a las doce del mediodía y a las cinco de la tarde ya están montados en el Dragon Kahn, en plena y lenta ascensión hacia su cumbre.

La pareja ha tardado cinco minutos en empezar a plantearse una hipotética recuperación emocional de la muerte de su hijo de siete años y una hora en atreverse a abrir la primera botella de champán, ocultos en los fríos y asépticos baños del tanatorio más grande de la ciudad de Salou. Al principio no se sienten nada bien. Los dos se encuentran en un estado de catatonia, como suele pasar cuando la muerte de un ser amado golpea a alguien, y la mejor forma que han encontrado para evadirse de todo el dolor que les pudre por dentro es beber hasta empezar a reír y luego, en un estallido de euforia que un espectador ajeno podría nombrar como "forzado",  aprovechar el día e ir a divertirse al parque de atracciones, entregados con alegría a uno de esos planes improvisados que, a fin de cuentas, son lo mejor que hay en la vida.

Porque la vida, comentan mientras pagan las dos entradas del parque -la madre ha sacado dinero para tres en un lapsus que casi les echa al suelo la perspectiva de diversión-, es algo bello incluso en sus momentos más tristes si uno sabe ver, con habilidad, el lado bueno de las cosas. Un ejemplo claro de eso es que si el hijo hubiera muerto en otra parte del territorio ahora no podrían estar paseando por ese parque temático cogidos de la mano, comenta el hombre mientras abraza y besa a su mujer en un estallido de pasión pública.

Como decía, suben al Dragon Kahn, pasean por el Far West, compran una bolsa de palomitas grande. Se sientan en la Polinesia, follan entre el cúmulo de plantas tropicales que alguien importó ahí para dar realismo al área y parece que alguien está a punto de descubrirles, y se quedan muy quietos durante unos instantes temblando de miedo, pero al final no pasa nada. Al salir ríen como nunca porque se sienten vivos de la mezcla de emociones que han sentido. Probablemente haya sido el mejor día que la pareja ha tenido nunca. Incluso mejor que los primeros días en una roída casa de pueblo. Incluso mejor que ese claro día de junio en el que se vieron por primera vez en el gris exterior de ese aeropuerto.

Los dos son conscientes de ello y, aunque en el fondo se sienten mal, intentan exprimir hasta el máximo ese paréntesis de euforia como si sacaran los últimos restos de un tubo de pasta de dientes, a la espera de que el otro se las devuelva multiplicadas en forma de justificación y ausencia de remordimientos.

Se mojan en el Tutuki Splash. Se beben una copa bajo el manto de los mariachis. Se introducen en una de las tiendas y se compran un sombrero de vaquero. Se pasan las dos horas siguientes saludándose al viejo estilo americano.

Hay una anécdota a contar en la plaza de China. Hay una fuente con forma de dragón que moja a todo el mundo sin que se lo espere. Pronto se acumula a su alrededor un corro de ancianos alemanes mirando el espectáculo. Los niños, rubios en su mayoría y sanos, juegan con la fuente. Huyen del agua, pero desean ser mojados.