sábado, 25 de mayo de 2013

EL INTERCAMBIO

El indígena te habla en su extraño idioma y tú no sabes qué hacer al respecto. Durante unos breves instantes te palpas la barbilla y sonríes, pero entonces piensas que podría estar hablando de la muerte de su mujer y decides dejar de sonreír en seco, sin mostrar ninguna clase de transición. Un agudo graznido de pájaro resuena entre los frondosos árboles. Tus ojos se entrecierran durante una fracción de segundo y a continuación ladeas la cabeza y pones cara de estar escuchando. El hombre tiene una gran perforación en su nariz a través de la cual sale un cuerno de madera. Su idioma utiliza muchísimo el dígrafo "ch", y de vez en cuando te escupe algo de saliva -en ocasiones algo de esa saliva entra directamente en tu boca-, pero en ningún momento cambias la expresión. Tienes miedo porque estás rodeado. 

El ambiente del poblado es húmedo y caluroso: tu cara brilla por la pátina de sudor que te cubre todo el cuerpo, y llevas dos días con la sensación de que algo en tu estómago no termina de ir demasiado bien. En un momento puntual tu interlocutor deja de hablar, pone las dos manos a la altura de su cabeza y hace un leve movimiento de entrecierre con ellas, como si estuviera apretando algo, para después colocárselas justo debajo del pecho. Sin ninguna duda al respecto, te das cuenta de que te está hablando de tetas y automáticamente, después de haber estado buscando con impaciencia al menos un punto de contacto con ese hombre, mimetizas sus movimientos mientras piensas en un par de tetas jugosas. En respuesta, el indígena asiente, ríe y te mira con los ojos muy abiertos. Luego emite un silbido y a los pocos segundos aparece una chica negruzca, sucia y casi desnuda. Al parecer, alguien la ha empujado a escena, porque ha salido torpedeada de entre el grupo de indígenas que han hecho un corro a tu alrededor. La muchacha parece tímida y nerviosa. Unas minúsculas piezas de teca anudadas a hilos de fabricación propia se entrecuzan para formar una maraña de tejido y madera articulada que le tapa la zona genital. Más de un espectador le da codazos al compañero de al lado y este le responde con una franca sonrisa de expectación. En ese momento todo tu cuerpo empieza a fabricar grandes cantidades de un sudor frío y apestoso. Piensas seriamente por qué decidiste embarcarte solo en este viaje.

El indígena con el que te has estado comunicando hasta ahora mueve una mano como ofreciéndote a la chica, y luego señala tu smartphone. Es entonces cuando recuerdas un breve pasaje del antropólogo Lévi-Strauss: "ante el ofrecimiento público de una mujer -algo infrecuente, a decir verdad-, negarles la satisfacción a su propuesta puede intuirse como un error de protocolo que podría ir, en la mayor parte de los casos, acompañado de graves consecuencias".

Le echas un ojo a la chica. Tiene los pechos pequeños e ingrávidos, algo extraño en la zona, puesto que las mujeres de aquí no llevan sujetador y, por lo tanto, se exponen a una prematura caída de los senos. Lo más probable, siguiendo esa deducción, es que te encuentres delante de una niña con desarrollo precoz de no más de doce o trece años. Recordar que tu hija está rozando esa edad no te ayuda en nada, pero ahí queda. Ante tus fuertes dudas, el grupo de nativos estrecha el cerco en el que te encuentras. Asustado, levantas las dos manos en señal de paz y empiezas a gritar con voz medio ahogada "un momento, por favor, un momento".

Aceptas el trato.

No han tardado casi nada en preparar, justo en mitad de la plaza en cuyo alrededor se alzan las modestas cabañas de madera, un lecho con hojas frescas e intensamente verdes de banano. La niña, tumbada de espaldas y habiéndose quitado ya el taparrabos, revela una vagina peluda, húmeda y brillante. Sus pechos se desvían hacia los lados, dejando en el centro del tórax un ancho espacio. Piensas en acercarte al jefe y mostrar tu queja: en ningún momento creíste que la realización del acto con esa niña sería un evento público. Pero decides callar. Al fin y al cabo, no conoces su cultura. No sabes nada de cómo viven.

Una gentil llovizna empieza a caer sobre vuestras cabezas, pero a nadie parece importarle. Hace menos de cinco minutos, habiendo acordado el pacto, le has entregado al jefe tu móvil. Como lo tenías apagado para ahorrar el máximo de batería posible, se lo has enciendo, has marcado el código pin y se lo has dado sin más. Mientras algunas mujeres del poblado te quitan la ropa, observas cómo lo inspecciona. Parece tratarlo con poco cuidado: abre la tapa trasera y toquetea la batería sin llegar a retirarla. Llegado el momento, cede el smartphone a otro nativo, que a su vez también le echa una ojeada, y así sucesivamente.

Una vez desnudo, descubres las risas de todo el pueblo. No se puede decir que rían porque la tienes pequeña o porque tengas algún otro defecto importante escondido. Lo hacen porque al parecer nunca han visto el pene de un hombre blanco. Sientes la sarna y la humillación. Tu cara se muestra llena de una ira difícil de esconder. Es una violación en toda regla, piensas. Esos enfermos te van a robar hasta la última brizna de dignidad que quede en ti. Los niños, alegres y excitados, corretean de un lado a otro. En su mayoría están algo gordos, pero de esa forma que sólo denota una buena salud y futura fortaleza. Hay varias madres de pie, muy cerca de ti, dándole el pecho a sus bebés. En ningún momento te quitan la vista de encima. Es como si se estuvieran preparando por una hipotética huida tuya. 

Cuando toda la tribu se ha reunido a tu alrededor, se hace el silencio. Un rayo lejano parte el cielo. La llovizna no cesa, pero tampoco se intensifica. Esta vez te han dado más espacio: todos ellos se han resguardado de la lluvia bajo los toldos hechos con ramas situados justo enfrente de la puerta de cada cabaña. Parecen inestables e ineficaces, pero en verdad no dejan pasar ni una gota de agua. Aunque estén más lejos que antes, cabe decir que siguen estando relativamente cerca de la escena central en la que te encuentras -a unos seis o siete metros, a lo sumo-, quizás para tener mejor perspectiva del espectáculo. Por su parte, los niños están en primera fila. Hace poco tiempo se acercaban a su amiga tumbada entre las hojas de banano y le contaban cosas, pero ahora nadie ríe, nadie habla. El silencio sepulcral de todo el poblado sólo se rompe cuando una racha de viento mece las ramas rebosantes de vida de los árboles. 

La chiquilla te observa con una mirada seca y a la vez asustada. Ella va a disfrutarlo tan poco como tú. Te arrodillas. Alzas la vista y miras a los indígenas con cara inexpresiva, como si fueras una cámara de vídeo fija sobre su trípode, haciendo un lenta pero constante panorámica. El silencio te parece ahora más profundo. Tu visión se va reduciendo a un pequeño punto redondeado en el centro de la imagen. Los senos. El ombligo. El pubis. Sientes un indescriptible asco al notar una incipiente erección contra todo pronóstico. La chica se abre.

Quince minutos después terminas. Cuando sales de dentro de ella se rompe el silencio. Automáticamente se reactiva el movimiento como si alguien los hubiera enchufado a la corriente eléctrica, y la gente vuelve a sus quehaceres. Una mujer, que al parecer podría ser la madre de la chica, se acerca, la recoge y se la lleva al interior de la cabaña más cercana. En cuanto a ti, ultrajado y al borde de las lágrimas, recibes la orden de levantarte y seguir al jefe y al resto de mandamases de la tribu. Te permiten, eso sí, vestirte y ponerte los zapatos. 

Te llevan por un oscuro sendero selvático. Todos los hombres del grupo llevan sus respectivos cuchillos colgando del taparrabos. Varias especies de árboles y enredaderas se entremezclan y pelean por conseguir su correspondiente ración de luz. ¿Por qué te llevan por ese siniestro camino de selva? ¿Acaso van a cortarte el cuello en el primer claro que encuentren? El ululante grito de los monos es potente y largo. En más de una ocasión parece que ni respiren entre alarido y alarido. Media hora más tarde te obligan a parar. Tragas saliva. Uno de tus acompañantes, un hombre que en ningún momento ha dejado de sonreír, aparta un florido arbusto. Y entonces la ves. Ves la antena de telecomunicaciones. A continuación sacan sus cuchillos e imitan el acto de asesinar a alguien. Uno de ellos se hace el muerto. Todos se ríen de ti. No van, como hacían antaño, a matarte. Si así lo hubieran querido, piensas, ya estarías despellejado y colgado del palo que se alza en la entrada de la aldea.  

De pronto un chico sale de la caseta situada al lado izquierdo de la estructura que apoya la torre de metal. Viste un uniforme de la compañía telefónica propietaria y baja el pequeño promontorio coronado por la antena, con paso firme, para saludar al jefe de la aldea de forma cordial, incluso efusiva y amistosa. Todos se ponen a hablar con él animadamente y a comentar sus cosas en el idioma que desconoces. Al rato, el chico parece reparar en ti. Su sonrisa es franca y atenta. El jefe le entrega tu móvil.

Se acerca, rodea tus hombros con su brazo y te enseña la grabación de todo el suceso realizada con la cámara de vídeo de tu smartphone. El chico, que habla inglés de una forma tosca y malsonante, te cuenta que antes de la instalación de la antena de comunicaciones, si hubieras tenido el valor de acercarte a esa aldea, te habrían matado sin piedad para quedarse con todas tus cosas, pero que gracias a la globalización eso ya forma parte del pasado. A continuación, traduce un proverbio muy conocido en la zona: ¿para qué comerte a la cabra si te puede dar leche? 

El vídeo se reproduce. Tu cara se ve perfectamente mientras mueves la pelvis hacia adelante y hacia atrás. El chico pulsa el símbolo share situado en la esquina superior derecha de la pantalla. Aparece la lista de contactos. Quieren el número secreto de tus tarjetas de crédito o se lo enviarán a tu mujer. A tu hija. A tus padres. También a tus hermanos. A tus tíos. A tus primos. A tus amigos. A tu jefe. A tus compañeros de trabajo. Toda la gente que conoces va a saber que te follaste a una niña. Van a destruir tu vida si no haces lo que te ordenan. Lo quieren todo de ti, quieren grandes y constantes sumas de dinero para mantener su silencio. No van a abandonarte nunca.

2 comentarios:

  1. Muy bueno Loving, me he aficionado a tu blog. Solo quiero añadir que cuando introduces a la chica-cebo dices que tiene los pechos grandes y poco después, en cambio, pequeños.

    Por lo demás genial y oye, no me parece tan mal precio por un polvo tan cargado de folklore.

    J.

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    1. Error de edición, ahora lo arreglo. ¡Gracias!

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