jueves, 8 de enero de 2015

LAS SESIONES

1

A veces recuerda las tardes que solía pasar, siendo él un niño, en casa de la familia Artau. Estos recuerdos, enterrados en ocasiones durante años, aparecen en la mente de Juan sin avisar, ausentes de conexión clara y manteniendo una frescura envidiable. Llegados a este punto, cuando las primeras imágenes del pasado ya han aparecido y la anciana que habita en la mente de Juan -fallecida en el 89- se ha puesto a pelar patatas y hablarle de los altísimos árboles que crecen justo al lado de la casa, sólo le hace falta tirar con fuerza de la escena enquistada para descubrir la parte más suculenta y obsesiva de todo su mundo infantil muerto.

Silvia tiene unos diecisiete años de edad cuando Juan la ve por primera vez. Ella será la encargada de cuidarlo mientras el padre de Juan trabaja manipulando fotografías analógicas en un local que está justo al lado de la casa. Con su pelo castaño y expresión clara, esta chica cariñosa, guapa y al parecer madura va a apoderarse, sin quererlo y durante los meses siguientes, de la mente fragmentada y carente del pequeño Juan. Él la hará participar en los absurdos y autoritarios juegos que inventa sobre la marcha, la nombrará incesantemente en sus pensamientos nocturnos recurrentes y hablará de ella en el patio de la escuela como si fuera una especie de novia o una idea del ser que aglutina todo aquello que es bueno y necesario en el mundo. 

Para Juan no hay momento más preciado que cuando hace buen tiempo y Silvia no tiene deberes ni amigos con los que estar; es en esos días cuando los dos suben a la soleada terraza de la casa y ella se dedica a acariciarlo en silencio, permaneciendo Juan con los ojos cerrados en todo momento y notando cómo los dedos de Silvia recorren con suavidad su espalda. Un día de mayo, durante el transcurso de una de esas sesiones de caricias convertidas en muy necesarias para la salud mental del niño, ella decide girarse y se muestra dispuesta, por primera vez, a ser acariciada por el niño. Juan, con una fuerte presión en el pecho y la cara, empezará a pasear la punta de sus dedos tímidos por la nuca de Silvia.

Poco a poco, a medida que los primeros minutos vayan pasando, irá ganándole terreno a la vergüenza inicial e irá siendo consciente de una serie de cosas que aún no entiende bien pero intuye. Pronto sus dedos llegarán a la baja espalda y rozarán un poco la goma de sus bragas, y es entonces cuando Juan empezará a vocalizar entre susurros un te quiero. Ella reirá un poco al oírlo y le dirá, con cierto sentido del humor, que ella también. Ese escueto te quiero, dicho desde el ciego convencimiento de Juan, será repetido unas cinco o seis veces durante los siguientes dos minutos, y cada vez habrá menos vergüenza y contención en ello. Llegará un momento en el que Silvia escuchará esas dos palabras con unas connotaciones a las que llamaremos muy distintas, y una fuerte sensación de malestar surgirá en ella, justo antes de que la mano de Juan se escurra por debajo de sus bragas imitando el golpe seco de una serpiente y ella retroceda, quitando la mano de allí y mirando a Juan con un odio que hasta ahora él desconocía y que en el futuro, junto a su mano húmeda, seguirá marcándole. Un perro ladra. Los ladridos son lejanos y dan fondo a la mirada cruel de la chica, como si alguien hubiera enganchado dos tomas distintas de imagen y audio sin transición alguna, y luego se transforma en una sonrisa falsa, como si pensara que sólo está ante un niño y que las muestras de odio no son necesarias. Hay que sacar la ropa de la lavadora, dice Silvia mientras dirige sus pasos a las escaleras y el niño la sigueAmbos recogen la colada en silencio. Juan está confundido y sólo se dedica a sorber los mocos que caen de su nariz mientras pliega manteles y pantalones.

Durante las siguientes semanas, Juan y Silvia mantienen una relación tensa. Siguen habiendo momentos tranquilos, pero las rabietas y el llanto de un Juan cada vez más desesperado y demandante de las atenciones de Silvia terminan siendo aleatorios y demasiado molestos para una chica que empieza a odiarlo de forma profunda y que debe preparar su ingreso en la universidad. Días más tarde, mientras juega con el yo-yó del hermano mayor de Silvia, Juan se acerca al salón y la oye hablando por teléfono con una amiga: hay algo en la cabeza de ese niño que no funciona nada bien.

En junio Silvia se marcha. Juan la ve dos años más tarde a lo lejos. Ella está paseando a un perro y no sabe que él está ahí, mirándola fijamente. No le dice nada: permanece escondido tras un árbol hasta que su silueta desaparece.


2

Veinticinco años más tarde volverán a verse. Juan está cogiendo un par de libros en la biblioteca. En la zona dedicada a los libros infantiles, situada al fondo a la izquierda, hay una mujer de unos cuarenta y muchos años contando un cuento. Los niños y un par de discapacitados, que rodean a la mujer sentados en sillas, escuchan en silencio la historia. Trata de un zorro que cada día, sin saberlo, le roba la comida a un hombre muy pobre que se muere de hambre y que nunca ha hecho ningún mal a nadie. Los asistentes adultos, que han llevado a sus hijos y nietos a la representación, se reúnen unos metros más atrás, sentados en sillas minúsculas. Sus piernas se arquean de forma caricaturesca y sus codos se clavan en las mesitas llenas de bolsos, papeles con letras deformes y libros de tiras movibles. Mientras Juan observa a la cuentista, que tiene el brazo metido en un calcetín naranja y blanco y lo está moviendo como si fuera la cola del zorro, nota la mano de alguien posándose en su hombro. Al girarse descubre la figura de un hombre viejo, moreno y calvo. Este hombre, sonriente, empieza a hablarle de forma muy rápida y ligeramente familiar: asegura conocerle, le dice a Juan que la última vez que lo vio era sólo un niño. También le dice, intentando soltar pistas para hacerse reconocer más rápido, que es igualito a su padre, que se llama o llamaba José y era el encargado de una empresa de foto-montaje situada al lado de su casa. Sin darle tiempo a responder, ese anciano de temperamento nervioso alza la mano y señala hacia un punto en particular, entre los niños. Allí hay una cabeza sobresaliendo, la cabeza de una mujer madura en silla de ruedas y con uno de los brazos retorcido. Le pregunta entonces si la reconoce. Juan se fija en ella: apoyada en un cojín de color azul pegado en el costado superior derecho del respaldo, dibuja una mueca que intenta ser una sonrisa. Confundido al ver la cara seria y blanca de Juan, el viejo lo empuja hacia donde está ella y lo acompaña sin soltarle del hombro en ningún momento mientras le da pistas estúpidas que tratan de obligar al primero, que está apretando la mandíbula con fuerza y se resiste un poco a caminar, a decir de una vez que se acuerda de ambos.


Ya están de frente cuando Juan, intentando escapar de un momento que prevé demasiado incómodo, empieza a negar que les conoce. Asegura que todo ha sido una triste confusión, que su padre no se llamaba José y que él, para empezar, no es ni originario de la ciudad. Intenta desprenderse con esas mentiras, pero la mano mala de Silvia, que cada vez parece estar más inclinada, le propina una lenta y larga caricia en el brazo. No hay palabras saliendo de su boca, no hay ni tan siquiera un grito, y mucho menos un sobresalto. Juan nota la mano de la mujer enferma subiendo por su carne, la mano de esa mujer casi muerta por fuera y digna de compasión, y tan inevitable como siniestro escalofrío, sentido sólo en el seno de la respuesta puramente física, nace de su baja espalda y avanza en oleadas por su cuerpo. Lo curioso es que la sensación es la misma que recuerda Juan en el pasado; y entonces empieza a pensar en que una rama bien dirigida podría haberle reconfortado del mismo modo en sus años de infancia, o quizás el recorrido perdido de una mosca. Los ojos de Silvia son iguales, pero en su cabeza hay poco pelo. Los dedos que le tocan, largos y huesudos. Sus ojeras, muy remarcadas con ese color brillante que va a caballo del verde y el lila, son profundas y tristes. El viejo sonríe, Silvia sonríe y Juan no sonríe.

miércoles, 7 de enero de 2015

LOS JUSTICIEROS



Se oyen gritos y risas de niños en el piso de arriba. Los padres y madres de algunos de los niños, sentados en los sofás del salón, hablan de sus asuntos, ignorando por completo el ajetreo general. La mesa, desplegada y llena de platos de plástico con restos de pastel, sigue reemplazando el espacio antes reservado a un pequeño mini-bar con ruedines que no ha tardado mucho en ser abierto e inspeccionado por el anfitrión y un par de seguidores entusiasmados y rechonchos que, después del tercer trago, empiezan a tener las mejillas rojas y a hablar más fuerte de la cuenta. Entre todos ellos, sentado en una silla literalmente pegada a la parte del sofá ocupada por una mujer gorda, hay un hombre visiblemente más joven que el resto y de tez oscura con las manos en los bolsillos. De aspecto humilde y mirada esquiva, sólo ha hablado cuando el anfitrión le ha preguntado, con mezcla de curiosidad e incomodidad, a qué se dedica, cómo llegó al país y por qué tuvo un hijo a una edad tan temprana. Las dificultades del hombre para responder a sus preguntas, que en el fondo considera del todo injustas por su tono condescendiente, le han llevado a sonreír de forma tímida y a tejer, con nervios visibles por su parte y un ineludible acento extranjero, respuestas inseguras e inventadas que poco tienen que ver con una verdad quizás demasiado triste para una tarde de cumpleaños. Una pequeña sensación de malestar se impone en la sala: de todas formas no hay, por fortuna para el padre joven, queja ni insistencia alguna en los demás por sus pobres explicaciones, pues en el fondo parecen estar tan poco interesados como él en abrir la caja misteriosa. Las risas de los niños siguen estallando como pequeñas réplicas y todos menos el joven, mezclados en sentimientos ahora conmutados, intercambian miradas jocosas.


En uno de los tres revisteros dispuestos en el salón, que es grande y hermoso, hay una mujer sonriente ocupando la portada de un magazín del corazón que parece estar mirándole a los ojos con estupor. La anfitriona, situada justo delante suyo y sentada en una butaca beige, no deja de mover la pierna que entrecruza su muslo derecho. El repiqueteo metálico que hace la hebilla de su gran cinturón al topar con el botón de la falda vaquera que lleva resulta muy molesto. En uno de esos momentos en el que todos los adultos proceden a llenar dos dedos de sus copas después de hablar de política, se oyen unos pasitos rápidos que descienden las escaleras. Con los ojos turbios y unos calcetines de jirafas, el niño que aparece acusa a otro de haberle tomado por la fuerza un juguete y luego pegarle. Las sonrisas de los padres contrastan con el enfado momentáneo de la mujer gorda, que se toma unos segundos para preguntarle quién se lo ha quitado, y la respuesta parece no sorprender a nadie. Las miradas apuntan al padre joven, que se disculpa con un gallo involuntario, traga saliva y se levanta para pedirle a su hijo, con voz grave y rápida, que baje. Después de unos segundos esperando una respuesta que no llega, le pregunta a la mujer si puede subir al piso de arriba para hablar con él.


Las escaleras son bastante anchas y de madera oscura. Un par de cuadros de escenas marinas pintados con mala mano intentan rellenar con relativo éxito el vacío de las paredes. Los gritos paran en seco cuando la madera del último escalón cruje y revela un pasillo iluminado por una lámpara de pie posada sobre un mueble de anticuario. Al fondo a la derecha hay voces susurrando algo que no consigue entender. Tras un breve respiro, llama a esa puerta y abre casi al instante. 


Por un momento teme verlos a todos desnudos.


En la habitación, pese a todo, sólo hay dos niñas haciéndose trenzas que le miran con cara de sorpresa. Los tres se quedan callados y muy quietos hasta que una de las niñas le cuenta que su hijo Carlos se ha escondido con los demás niños en alguna parte de la casa porque no quiere encontrarse con él, y que no sabe dónde puede estar. Consciente de que no debe ponerse a buscar a su hijo en una casa ajena por eso de no meter las narices donde no te llaman, vuelve sobre sus pasos para pedirle a los anfitriones que le ayuden; pero mientras baja las escaleras escucha las voces de los padres, que con una calculada discreción están hablando de algo que le incumbe mucho. Lo primero que logra oír es un ¿no os habéis fijado en que ese niño huele bastante mal?. Eso lo dice uno de los hombres, el que parece un botijo, en tono de sutil burla. No creo que tenga una buena higiene, aunque tampoco me extraña, replica la de la mujer que poco antes le daba permiso para subir a las habitaciones. Eso es cierto, cada vez que lo veo, y lo veo mucho porque yo voy a buscar a mi hijo a la salida de la escuela, me doy cuenta de que lleva la misma ropa, sentencia una tercera voz con pretendida finura. El hombre joven se sienta en las escaleras intentando hacer el menor ruido posible y empieza a morderse una uña sin dejar de escucharles. La culpa es de los padres. Hay gente que no debería tener hijos, prosigue esa misma voz. Creo que el Estado debería encargarse de eso, de la misma forma que se encarga de los permisos de conducir y otros; si no apruebas los dos exámenes, no te dan el carné. Una enorme punzada de vergüenza contrae la boca de su estómago. Los balaustres de madera de la barandilla parecen estrecharse con su campo de visión, que ahora está empañado y carece de firmeza. La humillación que siente sería muy distinta si todo ello se tratara de una simple y larga hilera de mentiras, y de hecho podría pensarlo; podría pensar que es tan sólo fruto de la maldad o de algún tipo de conjura, pero sabe perfectamente, y eso es lo peor de todo, que lo que dicen las voces, ahora con sus caras desdibujadas y frías, es verdad. Y eso, si cabe, provoca en él un enfado y una vergüenza aún mayor. ¿Crees que come bien?, añade una de las voces. Está flaco. Y, por cierto, ¿alguna vez habéis visto a su madre? Las voces niegan casi al unísono. Eso es trágico. Su cabeza se anuda a sus rodillas. La puntería de esa gente es exacta y descarnada. Irresponsables. Menudos irresponsables. Ese tipo no parece estar bien de la cabeza. Pese a todo, no va a ponerse a llorar. De alguna forma es como si eso ya estuviera sucediendo en un lugar lejano de su cabeza: lo nota como si hubiera una membrana, una membrana muy fina que delimita el flujo del pesar, pero no el de la exposición y la desnudez. Sus dientes logran arrancar parte de la uña de su dedo anular. La tira cede como si se tratara de una suave cremallera y es introducida en su boca. La mordisquea y nota el clic que la parte en dos. 


De repente se descubre deseando que su hijo no haya oído nada de lo que esas personas están diciendo. Está claro que su hijo no es estúpido, pero ojalá lo fuera. Ojalá fuera tonto y fuera ciego, dice. Alza y gira la cabeza: lo está buscando. No me extrañaría nada que pegara al niño. ¿Por qué creéis que no ha bajado cuando le llamaba? Al cabo de unos instantes, ya ajeno a todo lo que dicen, baja su cuerpo tres peldaños sin levantarse, entrecierra los ojos y lo ve ahí, al fondo del pasillo de la planta baja. Primero se fija en su ropa, que es la misma de siempre. Después piensa en preguntarle si ha oído algo de lo que decían, pero siente miedo. No va a enfrentarse a él. ¿Y si te roba? Mueve su mano un poco. Ese leve movimiento hacia él indica al niño que debe acercarse con sigilo. El niño sube las escaleras descalzo y se sienta al lado de su padre, que lo mira con los ojos muy abiertos. Intenta decirle algo al niño, pero tartamudea. A continuación, el primero se levanta y el otro le imita. Terminan de bajar las escaleras. El padre se asegura de hacer ruido, de pisar fuerte cada escalón para que le oigan. Las habladurías cesan de golpe.

Aparecen ante ellos, fríos y lejanos, y el niño se disculpa por quitarle el juguete al otro. Tres minutos más tarde el padre joven se sentará en la silla que estuvo ocupando antes y sonreirá y fingirá que no ha pasado nada.



sábado, 24 de mayo de 2014

UN ENCUENTRO FORTUITO

Volviendo cargada del supermercado con varias bolsas de la compra, Marta ve a su amigo Alberto al otro lado de la calle. Alberto, que va bastante abrigado para el día que hace, tarda unos segundos más en verla. Cuando lo hace se sobresalta un poco por la sorpresa y decide, tras alzar su gran mano en señal de saludo, esperar a que Marta llegue hasta él, gesto amable al que ésta responde con un movimiento de cabeza ascendente y una sonrisa. Durante el minuto de espera que los separa, ambos se miran y retoman viejas bromas en las que se lanzan besos y hacen pequeños ademanes suicidas contra los coches que pasan hasta que el semáforo se pone en verde y Marta avanza, acompañada por el gentío de la avenida, por el paso de cebra. Al ver que lleva varias bolsas, Alberto se ofrece sin mediar palabra a aliviar su carga y coge un par; y después de darse las manos que ambos tienen libres y un par de besos, empiezan a andar juntos. Es un bonito día de primavera y el ruido, que el calor ha potenciado desde la última vez que se vieron, satura y congestiona la ciudad.

Si pudiéramos ver a Marta y Alberto desde la perspectiva de uno de los miles de desconocidos que transitan por la avenida, no podríamos apreciar rasgo de incomodidad o extrañeza en sus gestos y palabras. Pese a que su contacto ha sido casi inexistente en los últimos años y reparado -o más bien parcheado- tan sólo por pequeños encuentros fortuitos como el de hoy, se siguen tratando con absoluta confianza y usando un sentido del humor que ambos han compartido desde siempre. Primero comentan el tiempo y las crueldades de la política para más tarde hablar de su trabajo o, en el caso de Marta, de la ausencia de éste. Instantes después de prometerse entre risas que un día de estos se juntarán para diseñar una bomba que vuele el Congreso de los Diputados, se quedan en silencio y, serenamente, se dejan llevar por el camino. Quizás nunca fueron demasiado habladores, pero están contentos de verse y eso se nota.

A la altura de un Bershka que hace esquina, Alberto se para en seco y le pregunta a Marta hacia dónde se dirige. Ella le responde que va a dejar las bolsas en casa y luego a una entrevista de trabajo. Es entonces cuando Alberto suspira de forma teatral y le dice a su amiga que él tiene que ir a la comisaría. Marta le mira con cara de no entender nada y le pregunta por qué, qué te ha pasado, qué te han hecho. Alberto le responde, con una sonrisa extraña, que va a entregarse por haber matado a su mujer. Después de quedarse en silencio durante unos segundos, Marta echa a reír y lo envía a tomar por el culo; pero justo antes de retomar la marcha, la mano libre de Alberto empieza a desabrochar el abrigo que lleva y, apartando levemente las dos junturas de la cremallera, le muestra a su amiga una gran mancha de sangre oscura que tiene en su camisa blanca. 

Marta enmudece de forma definitiva, arranca las bolsas de su mano y empieza a caminar rápido, pero Alberto la sigue y se pone a contarle que no hay nada de machismo en lo que ha hecho, que él no es un maltratador ni nada por el estilo y que le parece hasta absurdo tener que decir y aseverar una y otra vez obviedades como que las mujeres y los hombres son personas, y que por lo tanto están condenadas o premiadas a ser iguales. Tras sonreír de forma algo contrariada por el silencio de Marta, le repite que no lo ha hecho por un acto de posesión o control, sino simplemente porque en ese momento tenía un cuchillo en la mano y el acto de matarla le pareció una inmejorable idea, como quien baja a tomar unas cañas al bar o se quita los zapatos para meter los pies en el agua.

Alberto, de alguna forma, se siente más avergonzado por su necesidad de demostrar que no hay rastro de machismo en él que por ser un asesino, acto con el que no ha sentido absolutamente nada. Marta, que desde los noventa lucha activamente por la causa feminista junto a su pareja, le mira fijamente a los ojos, emite un chasquido de lengua y decide creerle. Sin romper el silencio enrarecido y la tensión evidente que hay en su rostro, lo acompaña hasta la puerta de la comisaría más cercana y ahí, bajo la atenta mirada de un policía que fuma, le da un abrazo de despedida.




viernes, 11 de abril de 2014

AÑO 1971: INGMAR BERGMAN ES UN ANACORETA DE VERDAD

Decide sentarse en un sillón de color blanco mientras repasa algunas de las preguntas que le hará al mismísimo Ingmar Bergman dentro de unos veinte minutos. Todas ellas están escritas en tres fichas un poco arrugadas por el contacto sostenido de sus manos. Cada cierto tiempo eleva la mirada, entra en un estado de pausa y se pone a anotar correcciones en los márgenes del papel con su bolígrafo. Pese al trabajo de preparación realizado, hay algo en él que duda y presiente un inminente e inevitable fracaso. Esa incertidumbre se traduce en la sensación de tener en su interior una pelota llenándole el pecho.

Ahora está en el plató. Sus piernas están cruzadas, y la que sostiene el peso de la otra no deja de moverse hacia arriba y abajo. Hay dos vasos y una botella de agua en la pequeña mesita de cristal que separa las dos butacas negras en las que ambos conversarán sobre los Grandes Temas. Mira la hora dos y tres veces. Observa el reloj de pared redondo situado al fondo de la sala con fruición, y cuando baja la cabeza lo ve. Se levanta de un salto y le da la mano. Su mano es muy grande y sus dedos larguísimos. Sus ojos son amables, pero tienen una ligera chispa de sueño. Es mucho más alto en persona. De hecho es mucho más alto que todo el mundo montado uno encima del otro, piensa. Bergman podría aplastarlo con su dedo meñique, si quisiera. Bergman podría aplastarlo usando la punta de su pene gigantesco. No es su cuerpo: lo verdaderamente alto, de alguna forma extraña, es su alma. Y eso le resulta gracioso. 

La entrevista empieza sin demasiados contratiempos. Bergman contesta a sus preguntas en un tono amable y honesto. El cámara fija la atención en pequeños detalles del cineasta. Su forma de llevarse la mano a la boca hace que el espectador intuya alguna frase de genio, un conjunto de palabras sacadas de quién sabe dónde: para Bergman el arte es algo profundamente incomprensible; un libro lleno de preguntas escritas en un idioma antiguo que nadie es capaz de leer con soltura. El entrevistador asiente con una sonrisa enigmática mientras reflexiona sobre esas palabras. Se toma unos segundos de silencio para llenar su vaso con agua y echar un trago. Mientras bebe clava su vista en Bergman. Observa su cara y luego aprecia una serie de contoneos en el tronco del cineasta, como si de repente se sintiera incómodo.

Según nos está contando Bergman, el proceso creativo es olvidarse del resto. ¿Qué es ese resto?, pregunta el entrevistador mientras se enciende un cigarrillo. El resto es todo aquello que no sea la maquinaria imaginativa. Cabe decir que no hay pretenciosidad alguna en él. Intuye esas palabras de una forma simple y las suelta, como si fuera un niño. Es entonces, mientras Bergman pronuncia estas palabras, cuando empieza a flotar un ligero olor a mierda. Al principio es fácil de ignorar, pero a medida que los minutos van pasando uno descubre que se ha vuelto indivisible del resto: la peste, como si fuera una constante línea de bajo, permanece pegada en el fondo del ambiente. Bergman, sin embargo, está tranquilo: se permite bromear sobre su vida y su acuciante necesidad de silencio. Para él todas esas entrevistas, con el debido respeto, no son algo que llamen su atención. Preferiría estar encerrado en mi casa o en lo alto de una columna, comenta con un tartamudeo casi imperceptible mientras se ríe.

Instantes después el entrevistador da paso a la publicidad, posa la mano derecha sobre la mesa y se despide temporalmente de los espectadores. Bergman aprovecha el momento y se incorpora un poco: coloca la mano sobre la del entrevistador y le dice directamente que se ha cagado encima. Lo dice sin ninguna clase de vergüenza; lo dice desde una especie de honestidad plena y mansa. Mientras se lo dice, el entrevistador puede notar un momento de fuerza en la mano que el cineasta ha posado sobre la suya. Aparece en su cara una sonrisa dulce y espontánea. Me he cagado encima. A veces es necesario. El entrevistador contrae las cejas. Estaba notando toda esa fuerte presión en mi ano mientras hablaba, y al cabo de unos minutos me he dicho a mí mismo un rotundo "qué coño" y he dejado de ofrecer resistencia. En ese momento Bergman se deja caer hacia atrás y suelta un largo y profundo suspiro. Después de servirse un poco de agua, continúa diciendo: debes saber que el proceso creativo es como esto. Cuando escribo y hago mis películas nunca me muevo. No hay segundo alguno de interrupción entre lo que pienso y realizo. Y cuando siento a la mierda pidiéndome una pista de aterrizaje, YO, que imagino ser una especie de controlador aéreo, le digo que pase, le doy pista. Le doy libertad de salir porque no quiero ir al baño. Bergman posa la mirada sobre la cara de una becaria joven y atractiva y prosigue con su discurso en voz baja: me cago constantemente encima, ¿sabes? De alguna forma es un precio a pagar, una multa. El Gran Peaje se establece en todo aquello que uno haga. El entrevistador pone una cara dudosa y poco después, inmerso en un fuerte cortocircuito, asiente. En el rostro de Bergman sólo se puede apreciar una expresión de veracidad y paz. Luego sonríe y empieza a mover la pernera del pantalón. De pronto, el entrevistador observa cómo un zurullo sale de su escondite y cae al suelo. Por un instante, mientras sus ojos se posan en los ojos de Ingmar, puede entrever cierto orgullo de clase, una pequeña muestra de la dignidad que reside en todo esto. Es entonces cuando el genio mueve el zurullo con el pie, lo esconde bajo la silla y prosigue con normalidad el diálogo televisado.

sábado, 5 de abril de 2014

NO ES LA PARCA

Cuando José abre la puerta de su bloque una vecina vieja y muy flaca que está bajando las últimas escaleras mueve el brazo en su dirección y lo llama utilizando la palabra chico. José, que va cargado con las bolsas de la compra, le saluda y se acerca a ella sin saber exactamente qué quiere. La anciana le agarra del brazo y le comenta, en voz muy baja, que hay un hombre en el rellano del piso de José que, según le ha dicho hace un par de minutos, ha venido a matarlo. Es un hombre alto, corpulento y calvo -prosigue la vieja-. He pensado que quizás era una broma, puesto que ahora todo el mundo bromea mucho con la muerte y estas cosas; pero yo te lo digo por si acaso. José, extrañado, deja las bolsas en el suelo y empieza a seguir a la anciana, que después de decirle todo esto se ha puesto a caminar en dirección al portal para salir. Intenta coger su mano para extraer más información acerca del hombre: pregunta sobre otro rasgo físico, sobre un acento, sobre una coletilla en su forma de hablar. Pero la anciana, al ver que José no se ha tomado la noticia en broma, empieza a pensar que hay alguna razón de peso en toda la historia, de modo que mueve la cabeza negativamente mientras su mano se suelta y le dice que ella, de estas cosas, no quiere saber nada. Que llame a la policía o se las arregle como pueda.

José, mientras la puerta principal se cierra y la vieja va desapareciendo de su vista, decide sentarse en el segundo peldaño de la escalera. Lo cierto es que la gente de ese barrio es muy seca. A veces, incluso, parece inmisericorde: es como si estuviera acostumbrada a la mierda. Hace cinco meses un hombre muy bajo se suicidó colgándose de un pequeño árbol situado debajo del edificio en el que José vive. José se dio cuenta de ello un par de días más tarde, cuando pasó por allí y descubrió que el árbol ya no estaba. Al preguntarle por la desaparición del árbol al propietario de un bar cercano, éste se lo contó todo con gran lujo de detalles. Al cabo de unos segundos, añadió que el suicida y él eran muy amigos, que lo sentía mucho y que la vida, en resumidas cuentas, eran muchos bastonazos en la espalda. José, por un momento, creyó estar en presencia de un robot contando una historia muy triste, porque no hubo expresión alguna en él que justificara todas esas frases. José a veces piensa en el suicida desconocido. Imagina su cara, su aspecto y su voz. Por otro lado, no termina de saber si la acción de haber talado aquél árbol era una medida disuasoria para los suicidas de baja estatura o una venganza muy estúpida hacia el árbol, cuya única culpa fue haber existido como apoyo, decoración y sombra en una zona profundamente loca y triste.

El bloque de pisos es de los años sesenta. Es una de esas edificaciones altas e idénticas a sus vecinas, cuya construcción en los suburbios es de su misma especie y sirvió para dar techo a bajo coste a los campesinos que emigraban a la ciudad. Ahora todos esos campesinos de antaño son en su mayoría pensionistas atrapados en su propia bañera y familias en el paro. 


José permanece cabizbajo. Se supone que hay un hombre que quiere matarle. Eso le sorprende enormemente, puesto que no recuerda tener enemigo alguno. Que él sepa, nunca ha hecho daño a nadie. Quizás tenga un sentido del humor hiriente o una crueldad desmedida en el habla, pero no se considera un asaltante físico ni está metido en problemas de ninguna clase más allá de los que él mismo sufre, que son muchos, pero interiores, cotidianos y en gran parte miserables. Intenta recordar algún momento enfermo o alguna mala acción cometida en el pasado, pero ahora no se le ocurre nada. Quizás todo se trate de una broma. José, además, no cree que ningún asesino se ponga a hablarle de sus planes a un desconocido. Pese a haberse dicho esta obviedad, un miedo modesto se ha escondido en él: ahora mismo lo está sufriendo en forma de latidos fuertes y resonantes. Al fin y al cabo, las cosas tienden a verse desde una perspectiva mucho más seria cuando tratan de uno mismo.

Decide empezar a subir peldaños en silencio; decide seguir cargando las bolsas de la compra por miedo a que se las robe alguien. Es consciente de que eso lo hará más torpe en términos de sigilo en caso de que haya alguien ahí arriba, pero la idea de tener dos preocupaciones situadas en ambos extremos del mismo segmento ya le parecen demasiadas. Podría ser un amigo, piensa José mientras se mueve de forma silenciosa. La verdad, sin embargo, es que hace años que no tiene ninguno -aunque él quiera pensar que sí-. Asoma la cabeza por el agujero de la escalera y descubre la existencia de una mano apoyada en la barandilla, tres pisos más arriba. En uno de los dedos de esa mano hay un anillo de oro bastante grande. La anciana, al parecer, no mentía. Pese a eso, se dice sin dejar de subir, es casi inconcebible que alguien pretenda matarle. ¿Por qué querría alguien hacerle daño? ¿Le habrá confundido de persona?

He ahí el último grupo de escaleras. José, que permanece agachado en el descansillo, puede oír la respiración del sujeto. Es lenta, profunda y congestionada, como el rumor de unas olas tranquilas. Un minuto más tarde, autoconvencido de que todo el asunto debe tratarse de un error y que a los veinte segundos ambos empezarán a reír y a darse palmadas en la espalda como buenos y futuros compañeros, decide asomarse y dar la cara. Es entonces cuando el hombre corpulento, que va vestido de negro, se gira. Debe medir dos metros, como poco. Los dos permanecen en silencio, mirándose a cinco o seis pasos de distancia: la escena parece haber sido sacada de una adaptación de western con un presupuesto muy bajo. La voz del gigante retumba en la escalera: ¿eres Carlos? José Artau niega con la cabeza. El hombre respira hondo y se disculpa.

jueves, 16 de enero de 2014

LA MUDANZA


    Ahora veremos como Adam, que se encuentra desnudo en su sala de estar viendo una vieja película de torturas a presuntas brujas, descubre que no hay tabaco. También veremos, con cierto asco y al cabo de unos minutos, cómo las ganas de fumar le superan y cómo se humilla sin reservas y se pasa unos segundos rebuscando en el cenicero con la esperanza de encontrar un cigarro fumado a medias, o como mínimo una colilla que tenga más de dos centímetros de materia fumable. Por culpa de su sesgado sentido de la higiene, recuerda que tiró gran parte de las colillas fumables a la basura hace pocas horas, cuando aún creía que el paquete de tabaco albergaba una cantidad que le permitía seguir viviendo sin preocupaciones en una especie de superávit tabaquil hasta el día siguiente. Se dirige entonces a la basura para seguir bajando peldaños mentales -se imagina la figura de un siniestro hombre encorvado con un candelabro en la mano, entrando en la cueva donde se aloja el propio terror-, pero descubre que la bolsa amarilla de la basura no está ahí, que alguien la ha bajado, que ha sido su novia y que su novia debería estar siendo fusilada en ese preciso instante.


Es entonces cuando Adam decide vestirse con lo primero que encuentra y robar cinco euros del bote de monedas de su novia para explorar una ciudad que no conoce con la intención, ahora sí, de comprar tabaco. Cierra la puerta por fuera y se pierde en las calles sucias y mal alumbradas de un barrio triste y cuadriculado que fue, a juzgar por las numerosas placas oxidadas con el símbolo del fasces clavadas en las paredes exteriores de los edificios, construido durante los años sesenta. Para Adam, estos paseos nocturnos son deprimentes y reveladores. Pese a ser joven, le obligan, como si una mano estuviera sujetándole la cara para que su mirada enfoque bien la escena, a verse como un viejo desquiciado que siente mucho asco por todo, arrancando lentamente y a medida que pasan los años sus ganas de levantarse para hacer cualquier cosa, por estúpida, necesaria o fácil que parezca. Después de deambular durante veinte minutos por esa zona mugrienta y olvidable de la ciudad que no conoce, llega a una gasolinera. La tienda de esa gasolinera, completamente blindada y actuando como rotunda negadora de cualquier contacto humano -los pedidos se colocan en una bandeja de metal movible que adquiere dimensiones de cárcel-, está comandada por una imbécil que nunca ha oído hablar del tabaco de liar, pese a tener varios paquetes a cuatro palmos de distancia. Después de clavar el dedo en el cristal y gritar repetidas veces quiero eso que está a la izquierda de esa lata de fabada, señora -venden latas de fabada, esos soberanos hijos de puta-, Adam logra hacerse con uno de los paquetes. Satisfecho pero en ningún caso contento, vuelve sobre sus pasos. 

Al llegar a su bloque y subir las escaleras, Adam descubre algo que lo descoloca totalmente: la puerta de su piso ha sido forzada. El lugar donde antes había un cerrojo ha desaparecido dejando un gran vacío. Después de dudar unos instantes, decide mirar por el agujero donde antes estaba la cerradura. En ese momento Adam no puede evitar pensar en todos esos anuncios de Securitas Direct presentados por Nuria Roca en los que una familia es brutalmente asesinada por ladrones rumanos por no haber contratado una de esas alarmas con cámaras que te observan de forma incansable.

Adam, como cualquier otra persona en su situación, sufre un pequeño ataque de pánico y piensa en llamar a la policía. Empieza a buscarlo en sus bolsillos, pero no encuentra su móvil: desde que se compró un buen smartphone, tiene la costumbre de dejarlo en casa cuando sale para que no se lo roben. La otra opción, piensa Adam con cierto desagrado, consiste en llamar al timbre de sus vecinos y pedirles ayuda. Después de unos minutos en los que su temor social parece estallar, respirando en silencio frente a la puerta de los vecinos del 5º B con su índice muy cerca del timbre, desiste y decide alejarse. Aunque nadie pudiera creerlo, Adam es alguien que nunca avisaría a un extraño incluso estando inmerso en la peor de las desgracias. Eso se explica ya no sólo por un extraño sentido del orgullo que le impide pedir ayuda sin sentirse muy mal por dentro, sino por el contrato social que supondría la posibilidad de que la ayuda vecinal surtiera efecto, es decir, que todo el problema se solucionara y terminara bien de una forma que roza lo utópico, hecho que le obligaría a vivir en una temida realidad en la que Adam interactúa de una forma que no desea con sus vecinos y se siente obligado a tratarlos como amigos a los que invitar a tomar café en las tardes de domingo y a regalarles gadgets de cocina por Navidad, estableciendo una relación siniestra y deforme con esa España terrible que aparece en los programas de sucesos y actualidad. Por esa razón preferirá entrar en su casa con la intención de recuperar su móvil -si aún está ahí- sin saber qué hay al otro lado de la puerta, arriesgándose a morir o a ser violado por gente cuyo rostro es la muestra palpable de la menospreciada miseria europea.


Así pues, Adam se coloca frente a la puerta, respira hondo y empieza a abrirla con mucho cuidado, asegurándose de no hacer ningún ruido. Palmo a palmo, la puerta va desvelando el recibidor y el salón, iluminado indirectamente por la luz anaranjada de la calle. Al parecer no hay nadie a la vista, ni tampoco desperfectos en el mobiliario. Adam entra en el piso en calidad -esta vez- de polizonte y avanza dando pasos muy cortos y lentos, como si caminara por las profunidades del océano. Cuando llega a la sala de estar se pone a buscar su móvil en los recovecos del sofá; durante el minuto siguiente se va permitiendo la libertad de hacer un poco más de ruido. Aunque sigue nervioso, ha dejado de notar una sensación de vértigo profundo. Mientras mete las manos en el espacio que separa los cojines y palpa la engañosa superficie del mando de la tele y restos varios de frutos secos, mecheros gastados y demás, descubre que hay algo allí, al fondo de la sala. Si se hubiera fijado bien, Adam se habría dado cuenta de que durante todo este tiempo una figura humana ha estado observándole desde el lindar de la puerta que comunica con el pasillo. Adam, paralizado por el momento, da un paso atrás. Durante un lapso de tiempo que parece interminable, ambos permanecen muy quietos y atentos a cualquier movimiento del otro, hasta que la descuidada voz de la figura se pone en marcha: ¿me podrías acercar ese ordenador portátil? La pregunta, pronunciada en un tono extrañamente educado y simpático, le resulta chocante. Confundido y asustado, Adam se queda pensativo y no tarda mucho en obedecer a la voz. Su incapacidad para entrar en conflicto con los demás adquiere aquí su gran extensión. Se lo entrega de forma casi litúrgica, como si se tratara del ordenador portátil de Jesucristo. El hombre de la voz ronca es realmente grande y huele a orín, piensa mientras se acerca. Tiene una barba despeinada y viste con ropa hecha harapos. Cuando éste tiene el ordenador en sus manos, le da las gracias. Adam responde un pálido de nada. Justo en ese momento entra en el piso otro hombre, uno con un abrigo naranja y gorro de lana que arrastra un contenedor pequeño. La escena es muy rápida: deja el contenedor pequeño en el centro del salón y, después de intercambiar unas palabras rápidas con el hombre de la barba, procede a levantar la mesa y llevársela. Adam, sucumbiendo ya a la timidez total, decide entonces sentarse en silencio en el sofá mientras observa como cada vez más hombres y mujeres con aspecto de indigente llegan al piso con mobiliario público: adoquines, farolas recortadas, fuentes públicas, una papelera, cartones. Muy pronto, un par de señoras andrajosas le piden a Adam que se levante y les ayude a bajar el sofá, porque pesa mucho. Obedece sin rechistar. Bajo la atónita mirada de unos vecinos que se han despertado por el ruido, Adam baja con cuidado y vergüenza un tresillo de color marrón acompañado por unas mujeres con ojos de locas y roña en la cara. Una vez llega abajo, otro indigente le da unos golpecitos en su espalda dolorida y le comenta de forma amistosa que puede subir de nuevo al piso, que él ya se hará cargo del sofá.

Al volver al piso se da cuenta de que las baldosas ya han sido correctamente sustituidas por adoquines y asfalto. Al mismo tiempo empieza a ser consciente del orden de todo esto, y mientras oye a dos gatos peleándose a muerte ahí donde antes había un baño -ahora sólo hay un cubo y una fuente pública-, Adam comienza a apreciar de una forma enajenada el sutil arte con el que esos mendigos han estado redecorando su piso. Nada parece estar fuera de lugar, todo obedece a un cierto sentido estético callejero. Los indigentes tienen su savoir faire. Un banco, emplazado ahí donde poco antes había el sofá, le invita con sus listones de madera oscura a sentarse de nuevo y a observar, sin intromisiones por su parte, cómo la miseria termina de instalarse en su hogar.

martes, 10 de diciembre de 2013

EL ESFUERZO

Después de estar unos segundos dudando entre seguir caminando por la avenida o usar el callejón para ahorrarse tres minutos de trayecto, el hombre de mediana edad, que viste una americana con corbata gris y lleva un maletín, decide correr el riesgo y elige la segunda opción mientras mira su reloj con nerviosismo, un antiguo Casio que días atrás encontró en el fondo de su armario y hoy ha decidido ponerse por ironía. Quizás pueda llegar puntual al trabajo, se dice animadamente mientras inicia la marcha a paso rápido por el estrecho callejón lleno de pintadas y basura, cuyos altos edificios colindantes impiden que gran parte de la luz solar llegue a nivel del suelo, sumergiendo el lugar en una ligera penumbra que poco a poco se va intensificando.

Desgraciadamente, a unos diez metros del peatón y sentado en el primer peldaño de unas escaleras de emergencia, está esperándole un atracador con una navaja en la mano. 

Llegados a este punto, no hace falta decir que la elección del hombre con prisa va a ser una clara equivocación. Él aún no es consciente de ello, aunque de alguna forma lo haya podido imaginar -como algo muy lejano en el espacio y casi onírico- mientras tomaba la decisión. Ahora veremos, sin poder hacer nada al respecto, cómo el hombre llega al punto de no retorno; lugar en el que el atracador decidirá levantarse, llamarle la atención, preguntarle alguna estupidez del tipo ¿Sabes quién es Pikachu? para despistarlo y a continuación empujarlo de un golpe seco contra la pared más cercana, enseñándole su arma. 

Un ligero pinchazo en la barriga le hace darse cuenta de lo que está pasando. Está en un callejón y un hombre que parece estar muy nervioso quiere robarle sus pertenencias a punta de navaja. Lo primero que se atreve a decir es que no lleva absolutamente nada de valor encima, mentira obvia que rápidamente es contestada por el atracador con una pregunta acerca de si quiere morir apuñalado o no. Pasados unos pocos instantes de terrorífico silencio, el atracador empieza a meterle la mano libre en los bolsillos en busca de su cartera, acertando en el segundo intento. Cuando el atracador ya ha guardado en su chaqueta ochenta euros y un smartphone caro que encontró en el primer bolsillo, pregunta por el maletín. Los maletines de ejecutivo siempre tienen cosas de valor, musita. El hombre del reloj Casio responde, con voz temblorosa, que en su maletín no hay nada de interés. Es entonces cuando empieza un forcejeo: el hombre, paralizado por el shock, se ve incapaz de soltar su maletín. La situación se va volviendo cada vez más tensa. El atracador grita, amenaza, tira del maletín y le da un bofetón al hombre, y luego otro, pero la víctima no suelta el maletín de ninguna forma. Llega un punto en el que la situación se vuelve comprometida para los dos. ¿Acaso no me está tomando en serio?, se pregunta para sus adentros el atracador. ¿De veras cree que no tengo cojones de clavarle la navaja? A los pocos segundos, cansado de tener que aguantar sus propias arengas, se le pone la vista borrosa y le clava la navaja en el vientre y luego en la femoral. El hombre, al notar cómo la navaja entra en sus carnes y le perfora el intestino y más tarde el muslo, emite un grito sordo y cae al suelo. El otro, consciente de lo que ha hecho, se aparta y se queda mirándolo en silencio.

El hombre, con pequeños espasmos, se lleva la mano al vientre y luego la observa manchada de sangre. Es entonces cuando dice un estoy perdiendo sangre. Lo extraño de la situación, advierte el atracador, es que no lo dice en el tono asustado del que ha sido herido de gravedad, sino con un enfado considerable. ¡ESTOY PERDIENDO SANGRE, JODER!, repite el hombre, muy contrariado por la noticia. ¿Tú sabes lo que le ha costado a mi cuerpo producir toda la sangre que ahora estoy perdiendo?, le pregunta de pronto al atracador. Mucho. Muchas semanas, se responde. Esta sangre es mía. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas mientras un borbotón de sangre negruzca sale de su pierna y cae en el suelo. ¿Eres consciente del esfuerzo que ha supuesto para mi cuerpo el hecho de fabricar toda la sangre que ahora estoy derramando? El atracador mueve la cabeza negativamente mientras se aleja un poco más de la escena. Esta sangre me la he ganado con el sudor de mi frente. Toda esa producción incansable de sangre, ¿para qué ha servido? El hombre tira de su maletín, lo abre y después lo vuelca: decenas de papeles sin valor alguno para nadie caen y empiezan a volar por el callejón. No ha servido para nada. Ahora no soy un recipiente de sangre válido, exclama con rabia y tristeza mientras empieza a recoger, haciendo una forma de recipiente con sus manos, la sangre que está perdiendo para después echarla en el interior del maletín, que está abierto a su lado, repitiendo el proceso una y otra vez, como el marinero que achica agua de un barco que se hunde con la única ayuda de un cubo. Lo hace sin pausa hasta que muere desangrado minutos más tarde, incapaz de llenar más un maletín hasta los topes de la sangre que afortunadamente ha podido salvar.

viernes, 22 de noviembre de 2013

DE ALGUNA FORMA

De alguna forma viajar es como forzar la cerradura de una puerta y entrar al domicilio de un total desconocido para toquetear su cuarto de baño, dormir en su cama o beber alcohol hasta reventar en su sala de estar mientras lo destrozas todo a martillazos, sustituyendo los muebles, jarrones y otros elementos que has hecho añicos por montoncitos de billetes con impresiones de caras supuestamente famosas de las que nunca has oído hablar ni pretendes conocer. De alguna forma viajar es esto, pero con el propietario animándote a entrar a ti y a muchos más en su casa con una sonrisa falsa y en el fondo triste, porque estará obligado a ducharse en tu presencia y a follar con su mujer mientras tú te haces fotografías justo al lado con los dedos formando el símbolo "victoria" y diciéndoles guarradas muy desviadas al oído en un idioma que no entienden y, visto lo visto, preferirían no aprender. Es ver como un tipo en chanclas y con una gorra puesta al revés entra en un museo muy prestigioso y se queda pasmado mirando cierta escultura erótica con una erección muy potente bajo el pantalón, sin que puedas llegar a saber en ningún momento si su erección es una respuesta profunda que el artista ha intentado provocar en el espectador o, simplemente, que el sujeto que la está mirando empalmado es un gilipollas incapaz de dar una respuesta más elaborada. 


miércoles, 13 de noviembre de 2013

TRILOGÍA DE LOS VIAJES: LA MAYOR PARTE DE SUS FANTASÍAS SE HACEN REALIDAD

Ha sudado sangre para pagarse ese viaje a la India. Ha trabajado durante varios años en puestos de trabajo parcialmente humillantes, dejando un porcentaje de su austero sueldo en una cuenta corriente blindada. Se ha dormido pensando en la India, y lo ha hecho en camas chirriantes, en los pisos más sucios y baratos que ha encontrado. Ha soñado en colores inexplicables para otras latitudes, se ha obsesionado con los puntos rojizos de esas frentes mayoritariamente secas y ha imaginado que les pasaba la mano por encima para asegurarse de que no provenían de un lejano puntero láser.

Y ahora está allí, en el avión, miradle: casi está aterrizando en Nueva Delhi. Su cabeza está pegada a la ventanilla, viendo como las minúsculas edificaciones, casas y chabolas van creciendo de tamaño para convertirse, finalmente, en cosas reales. Las ruedas del avión ya están pegadas al suelo, madre mía, el traqueteo es muy fuerte y más de un pasajero piensa que va a morir mientras pone una mueca deformada, pero el avión ha posado con éxito a todos esos turistas y a nuestro protagonista en la capital mundial del exotismo. Qué lejanas le resultan ahora las frías noches comiendo salchichas procesadas: es como si nunca hubieran existido.

En el aeropuerto recoge sus maletas. Las compró expresamente para el viaje, asegurándose de que fueran chillonas para poderlas ver bien: así, si alguien se las intentara robar, podría verlas desde una distancia lejana. Afortunadamente todo sale bien, y cuando llega a la salida del aeropuerto se encuentra con una mujer bajita con el cartel del hotel que ha contratado, uno muy caro y exclusivo llamado Rashaman Palace, situado en lo alto de una colina florida y verde, un paraje del que sobresalen ruinas de civilizaciones edificadas sobre las anteriores en un intento de erradicarlas.


Muchos de los pasajeros con los que ha compartido avión también se acercan a la mujer bajita con el cartel, y cuando la mujer -cuyo inglés es simplemente perfecto- se cerciora de que todos los integrantes de la lista están con ella, les invita a subir al autobús verde que tienen enfrente.

Durante el viaje, el autobús recorre avenidas atascadas por una marea de coches que él no ha visto en su vida, y calles atestadas de gente que grita mucho para todo. En uno de esos constantes atascos, una jauría de niños descalzos empieza a golpear el autobús con las palmas en alto, y alguna turista de edad avanzada siente como la aguja de su atrofiado maternómetro se sale de los niveles normales. Animan al conductor a que abra la puerta del autobús y los niños entran sonriendo, pero siempre gritando, y empiezan a pedir dinero. Algunos turistas, sonrientes y acaramelados, responden a las súplicas y abren sus carteras. Nuestro protagonista también lo hará: comprende que darle dinero a esos niños es comprar un souvenir para el alma, uno indeleble y ajeno al paso del tiempo. Le da un billete a una niña preciosa. Lleva una muñeca de trapo en la mano y una bonita trenza que llega hasta su ombligo. El acto de dar dinero es tal y como lo había imaginado.

Un rato más tarde, habiendo dejado atrás uno de los bordes de esa gigantesca ciudad, se abre ante ellos la colina. Es más bella de lo que podría parecer en las fotografías: el sol de poniente inunda un costado de los árboles, enroscados como un nudo. Es un quiste que sobresale, solitario, en la llanura de una espalda. En el desvío para acceder a la base de la colina hay una valla custodiada por un hombre. El hombre está sentado en su garita, leyendo el periódico. El conductor mueve la mano en señal de saludo, y el vigilante responde levantando el brazo articulado que les impide el paso. Mientras nuestro protagonista enfila la colina verde, se pierde en bellos y exóticos pensamientossin ser consciente de que antes de llegar al Rashaman Palace el autobús ha tenido que cruzar otras tres vallas cada vez más protegidas, y que esta noche cenará -entre otras cosas- salchichas procesadas, rodeado de alemanes grasientos, mientras unas mujeres bailan al ritmo de los tambores.

lunes, 11 de noviembre de 2013

LA PICADURA

La mujer, justo cuando el tendero va a darle el cambio, nota un pinchazo que arrastra un sentimiento de euforia. Esa euforia le nace de algo que ella se atrevería a nombrar alma. Es como si de repente sintiera un clic y la realidad se viera iluminada por un foco potente y cegador que revela, al acostumbrarse sus ojos a la luz, un mundo más íntimo, conectado y bueno. En esas ocasiones juraría que cree en Dios, puesto que las lágrimas empañan ligeramente las comisuras de sus ojos y todo le parece tan factible y sencillo que hasta carece de importancia. Así es como la mujer suele notar que se acerca un ataque epiléptico, de la misma forma que tú sientes esa ligera picazón en la nariz, con su posterior sensación de ingravidez, durante los instantes previos a un estornudo.

El periodo de euforia epifánica sólo dura unos cinco segundos. Agotada esa prórroga, la mujer se desplomará y empezará a sufrir unas convulsiones visualmente terribles. Procura, imbuida en esa euforia de la que hablamos, sentarse en el suelo para minimizar el riesgo de caer y darse un golpe en la cabeza. Esos escasos cinco segundos de felicidad plena son una cantidad suficiente e incluso generosa, porque el tiempo parece transcurrir a cámara lenta y el momento del desplome, incluso a una risible porción de segundo de su llegada, parece muy lejano y borroso.

Imagínate entonces toda la belleza que precisamente ahora está inundando su cuerpo, pese a ser totalmente consciente de la minúscula muerte que sentirá al perder el sentido, sabiendo que va asustar a toda la gente que hay a su alrededor cuando se sucedan los periodos convulsivos, gente ahora sorprendentemente bella y alegre a ojos de la mujer, que no va a sonreír mientras te mira.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA DESGRACIA SE MIDE EN PATAS

Se convirtió en una cucaracha gigante mientras dormía, y al despertar vio su vientre laminado y brillante. Esa sensación de terror que nació en su estómago no era causada sólo por el hecho de ser un gigantesco y asqueroso insecto, sino por haberse convertido en la copia de un famoso cuento de Kafka, y encima del más conocido, se estuvo repitiendo en voz baja. ¿No podría estar viviendo en una jaula de circo? Al menos habría salvado las apariencias ante el público de más baja cultura. ¿No podrían haberlo condenado a morir atado en el centro de una cruel y colosal máquina tatuadora de crímenes?

Mientras aprendía a mover sus múltiples patas, no dejó de sufrir ni por un segundo las implicaciones que su transformación representaba: se había visto rebajado a un nivel muy modesto del imaginario popular. Tras haber ganado el estatus de cucaracha Kafkiana, ninguna persona con dos dedos de frente pensaría que él, de alguna forma, tenía algo nuevo que decir. Eso, sin duda, sería el fin de su carrera como artista. Se imaginó a personas calvas con gorra de niño antiguo y dilataciones en las orejas burlándose de él. No me digas nada: dentro de un rato una ballena blanca excepcionalmente grande te va a arrancar una de tus patitas, y eso te cabreará tanto que querrás vengarte de ella.

Su vida se iba a convertir en una mierda. No es que su vida antes del suceso fuera muy feliz, al contrario; pero ahora llegaría a nuevas cotas de desgracia que no sólo lo afectarían como persona con sentimientos, sino como concepto.

Siendo perfectamente consciente del panorama que le esperaba, decidió encerrarse en el armario de su habitación hasta morir de inanición. Los espacios reducidos, oscuros y llenos de recovecos, antaño desagradables para él como ser humano, habían adquirido el nivel de posibles refugios, tal y como ocurría en el mismo cuento. Eso, como es evidente, le asqueó aún más, puesto que no sólo era objeto predecible de la historia: ¡incluso la guía de su comportamiento ya había sido meticulosamente editada y archivada!


En un intento por recobrar la esperanza, empezó a pensar que en el mundo había miles de millones de humanos y que todas sus historias y desgracias, de alguna forma, se parecían un mucho entre ellas. En cambio, de personas convertidas en cucaracha gigante, sólo habían dos: una era nuestro protagonista y la otra procedía de la ficción. La alegría de aquél pensamiento que de golpe lo convertía en un ser más o menos extraordinario duró poco, puesto que la condición de ser humano para él mismo llegaba, durante la mayor parte del tiempo, a hacerse invisible. El ser humano físico -exceptuando unos pocos casos de deformidades y otras peculiaridades físicas extremas- estaba condenado a no destacar por sí mismo en nada radicalmente distinto y, por lo tanto, no podía tachar a otra persona de ser humana utilizando ciertas connotaciones críticas. Un ejemplo de ello podría ser la gente calva. Hay millones de personas calvas en el mundo, pero si de pronto apareciera alguien cuyo "pelo" son serpientes, todo el mundo diría es Medusa, sé su nombre, así como toda su historia de memoria: qué poco interesante resulta todo esto si lo miramos con perspectiva, se lamentaría la víctima antes de morir petrificada. La ficción era tan palpable que uno la veía normal sin que nunca lo hubiera llegado a ser: convertirse en un plagio del famoso bicho de Kafka, aunque sólo existiera como tal nuestro protagonista, lo hacía paradójicamente menos extraordinario que una persona anónima.

miércoles, 30 de octubre de 2013

NO PASA NADA

Descubre a su madre mirando fijamente una lechuga baby. El niño ha ido a buscar un pack ahorro de latas de atún por encargo de su madre y al volver la encuentra ahí, pasmada, con el tronco ligeramente arqueado hacia adelante y su cabeza apuntando al arcón frigorífico de las verduras. El niño no le da importancia al asunto: su madre estará comparando precios, de modo que deja el atún en el carrito, le da la espalda y empieza a golpear con el dedo a una manzana Golden para escuchar su curiosa resonancia, más cercana a la madera que a la fruta.

El hilo musical del supermercado se interrumpe para que una voz en off pueda anunciar magníficas ofertas en congelados. Unos segundos más tarde, el niño oye una ligeramente irritada voz masculina que está llamándole la atención a cierta señora, y al girarse repara en que, de hecho, el hombre se está dirigiendo a su madre, porque quiere llegar a las ensaladas sin invadir su espacio vital. La madre, ajena a la voz del hombre, sigue en la misma posición que antes. El hijo no tarda en acercarse. Le dice, intercediendo, que el señor quiere comprar una ensalada, pero la madre no contesta: se limita a observar cómo la luz artificial del supermercado, combinada con la del refrigerador, incide sobre una lechuga baby embalada en film transparente. ¿Mamá?

Después de unos diez segundos de profundo e incómodo silencio, el hijo, un poco asustado, le pregunta a su madre si está bien. El señor, que de pronto ha enmudecido, permanece de pie a un metro y medio de distancia con la cara contraída y agarrando, con sus dedos largos y magros, una bolsa llena de plátanos. La madre lleva un buen rato sin parpadear. Al principio, la escena era un poco graciosa -puesto que su madre es de naturaleza fantasiosa y a veces se ve obligada a soportar las burlas de sus seres queridos por pequeños despistes como intentar sorber sopa con un tenedor o atropellar palomas con su coche-, pero ahora, después de haberla llamado con voz trémula y haber tirado repetidas veces de la manga de su abrigo sin haber obtenido respuesta, el ambiente empieza a cargarse de una neblina grotesca. El niño se pone a llorar con cierta timidez mientras tira con insistencia de su manga. Al ver cómo el niño llora e intenta desesperadamente llamar la atención de su mamá, el señor capitula en su intención de comprar una ensalada y empieza a alejarse afligido por el momento, sintiendo mucho no tener el valor de invadir el espacio vital de su atractiva madre, debido a una timidez congénita con el sexo opuesto que nunca ha podido superar. 

Agarrada con su mano izquierda a los hierros del carrito, la madre ni tan siquiera se mueve al recibir los tirones y empujones de su hijo, que cada vez son más fuertes y parecen decididos a romper el imperturbable centro de gravedad que la mantiene estática. Es como si alguien la hubiera rellenado con cemento y bajo sus pies tuviera unos tubos metálicos clavados en tierra, cuyo final se encuentra a muchos metros de allí, en un subsuelo atestado de apestosas ratas y cucarachas.

Mientras ocurre todo esto, la gente, alertada por un llanto y gritos crecientes, ha formado rápidamente un corro alrededor de la madre y el niño. Durante los primeros cinco segundos han sido espectadores dudosos, partícipes silenciosos de la emergencia. A la mayoría de ellos, el niño les causa la misma impresión rompedora que si estuviera pidiendo dinero descalzo en una calle transitada, con la palmita de su mano extendida y los ojos nublados por las lágrimas. Muy pronto, más de un curioso da el primer paso y empieza a tocarle la espalda a la madre al grito de señora, ¿está bien, señora?, mientras un hombre muy fuerte intenta abrir dedo a dedo la mano que está agarrada al carrito. Pero es imposible: la mujer está petrificada y con los ojos abiertos. Resiste cualquier golpe sin que su posición varíe. Es en ese momento cuando una tercera voz empieza a reclamar, entorpecido por una canción de Shakira que suena en el hilo musical, que alguien llame a una ambulancia, porque ha descubierto que del centro de las nalgas de la madre ha empezado a brotar alguna clase de líquido que casi traspasa la gruesa capa de sus tejanos. El líquido no tarda mucho tiempo en deslizarse por las perneras del pantalón y empieza a invadir el suelo. Una mancha de sangre se extiende bajo los pies de la madre mientras la voz en off habla de un paquete de doce latas de San Miguel a cinco euros con diez, y todos los ahí presentes empiezan a asustarse de verdad y una mujer mayor se tapa la boca con las manos mientras emite un sordo Virgen santísima; y entonces aparece de la nada una chica joven, y la chica joven abraza al niño, que ha empezado a gritar de una forma muy aguda al ver toda esa sangre saliendo del ano de su madre petrificada en plena elección de una lechuga baby, y la chica se lo lleva unos metros más allá, corriendo lejos de todo mal, diciéndole al oído que no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada.

miércoles, 23 de octubre de 2013

GYNECOLOGIC EXAM

El médico la está mirando fijamente, sentado en su silla acolchada tras el escritorio. En el simple escritorio de madera contrachapada hay una pantalla plana de un ordenador -de las primeras pantallas planas que existieron, es decir, de quince pulgadas y totalmente cuadrada- y varios papeles esparcidos por su superficie, en su mayoría informes de otras pacientes y varios cuadernos de recetas. Un calendario de papel redondeado lleno de bolígrafos y clips reposa justo al borde de la mesa, y ella lleva pensando durante un rato que no tardará mucho en caer, a juzgar por los torpes movimientos del médico, que aún la está mirando fijamente y poniendo una expresión muy paternal, como si sólo estuviera pensando en formas de mejorar su bienestar.

En un momento dado, el médico se incorpora un poco y le dice que el Ministerio de Sanidad ha decidido que no puede pagarle la operación de aborto que ella, unos días antes, decidió solicitar. A continuación, prosigue el médico, le informa de que estará habilitado a realizárselo si le abona al Estado una cantidad de cuatrocientos cincuenta euros. La chica hunde un poco la cabeza entre sus hombros y, tras posar su mirada otra vez sobre el calendario con un triste rictus en la boca, le comenta que no tiene ese dinero porque hace dos años que no trabaja, y que decidió interrumpir su embarazo porque no cree que pueda encontrar trabajo pronto. El médico, acostumbrado a esa respuesta, mueve la cabeza afirmativamente durante unos instantes, se lleva la mano a la boca y se acaricia el labio inferior.

La mujer le pregunta si no hay otra opción posible, y el médico, después de mirarla durante unos instantes, le dice que sí. El Estado, empieza a decir, quitándose una lagaña del ojo, tiene en cuenta la situación de las mujeres sin ingresos que vienen a interrumpir su embarazo, y por esa misma razón, el Ministerio de Sanidad contempla una medida extraordinaria y sin precedentes. Ella, un poco más calmada, le pregunta cuál es y él responde, titubeando un poco y no sin cierta vergüenza, que la medida consiste en colocar una cámara fija justo delante de la camilla donde tiene que tumbarse ella, grabar lo que vendría a ser una revisión ginecológica normal en la que él le introduce aparatos médicos por la vagina y a continuación subir el contenido de la grabación a una web pornográfica. La web, a cambio, le abonará el dinero correspondiente al Estado para realizar el aborto.

Tras estas palabras, la chica empieza a esbozar una leve sonrisa que a los pocos segundos, tras comprobar cómo el médico se levanta, saca una handycam del cajón y la coloca encima de un trípode que ha recogido de dentro del armario, desaparece para convertirse en una maraña de lloros y gemidos. Le dice al médico que no es una puta. "No soy una puta", dice. "No tengo nada que ver con una puta", replica. Y el médico le dice que ya lo sabe, que es perfectamente consciente de que ella no es una mujer que normalmente aceptara dinero a cambio de mostrar sus genitales a todo el público que esté interesado en vérselos, pero que se han dado una serie de desafortunadas circunstancias y que por lo tanto no le queda más remedio que aceptar el trato o salir por esa puerta y no volver a entrar nunca, a no ser que sea con un niño en brazos.

El médico parece tan afectado como ella cuando saca del otro cajón unos papeles grapados con el escudo del Ministerio de Sanidad y el logo de la página pornográfica. "Es el contrato", dice, mientras a su vez le da un pañuelo para que seque sus lágrimas. "Tiene que firmar aquí y después aquí", le señala con el bolígrafo.

Esa noche, la chica enciende su ordenador. Aún está temblando. Ha estado toda la tarde tirada en la cama, dando vueltas. Mientras se toma su cuarto alprazolam en lo que va de día, entra en la web pornográfica que compró su grabación, introduce las palabras "Gynecologic Exam" y pulsa la tecla enter. Entonces aparece, en primera página, su cara y un primer plano de su vagina abierta con lo que parece ser un catéter debajo. El archivo tiene como título "Spanish Whore Shows Her Pussy To An Old Doctor And She Loves It". 

"She's a fucking bitch", añade el comentario de un espectador anónimo.

martes, 24 de septiembre de 2013

CARTA A UN PRODUCTOR

Vengo a proponerle una idea para un programa.

Sería un reality show. Un reality de los de toda la vida. Orientado a la familia. Pero sobretodo a la gente solitaria con depresión severa y un sentido crítico muy elevado y exigente, por no decir inexistente. No quiero que usted se piense que vengo sin haber preparado absolutamente nada. Aquí tengo una pequeña portada del programa:

¿QUIÉN ES EL PERRETE GUAPO?

Ese sería el título.

"Quién es el peuete guapou?" Lo digo así porque si los títulos tienen mucho acento inglés la gente se identifica más con el visionado dinámico.

El reality show trata de coger perretes feos y convertirlos en perretes guapos. Todos los perros quieren ser guapos, y en este programa les daríamos la oportunidad. Nosotros queremos que los perretes sean felices y se sientan seguros de sí mismos.

Inicialmente cogeríamos a los perros más feos para que el cambio fuera más evidente. Y contrataríamos a un decorador de perros amanerado y con foulard que diría:

"¿Hola, tierra llamando a perro? Este perro no es chic. Este perro es 0% chic".

(El tío mueve la cabeza como las negras de Gospel que hacen "no no no", mientras mueve el dedo índice de forma gay).

Evidentemente esto lo diría un hombre de color. Porque yo conozco a mucha gente de color. No soy nada racista. Les admiro porque son de color y sufren. Son como mujeres maltratadas con todo el cuerpo lleno de morados. Pero morados de color.


Al principio habría un jurado que vería al perro feo y diría cosas como "este perro no me gusta" y luego una mujer con movilidad reducida a causa de sus problemas de sobrepeso comentaría "este perrete tiene problemas de auto-confianza". Y claro, le joderían mucho el ego al perrete para presionarlo y para que deseara ser un perro mejor.

El perro no hablaría, porque los perros no hablan, pero se le pondría un doblaje intentando captar lo que piensa en cada momento. El doblaje tendría connotaciones perrunas para hacerlo más realista y adaptado. Cuando el jurado le dijera cosas malas, el doblador diría cosas como "rorlf, me siento como si me hubieran quitado un hueso de brontosaurio de la boca", porque los brontosaurios son grandes, y claro, un perro sin hueso de brontosaurio vendría a simbolizar a un perro que ha recibido un gran golpe moral, ¿me entiende? Y eso, ya sabe.

El programa, en sí mismo, tendría mucha voz en off del tipo Constantino Romero pero en vivo, diciendo cosas como: "¿Y qué pensará la atractiva perrita Fufú acerca del nuevo estilo de Friski? Lo sabremos a continuación". Así, como intercalando, poniendo el logo del programa y después volviendo a poner la escena cortada de la reacción de la perrita Fufú en el momento de más emoción para Frisky, como forma de retener el interés del espectador deprimido.

Cabe destacar que haríamos publicidad de marcas de ropa y de cirujanos plásticos para perros. Irían visitando tiendas de ropa y consultas veterinarias cuyos trabajadores van llenos de bótox en los globos oculares y la cara. Con los globos oculares muy hinchados y jóvenes, sabe usted? Porque los perros se someterían a cirugía estética, claro. En ese momento el perro, antes de ser operado, diría "Guau, espero que no me pongan una de esas lámparas en la cabeza al terminar" diría, como le digo, el perro doblado. Sería gracioso y a la vez tierno, porque claro, a ningún perro le gusta que le pongan una lámpara de esas en la cabeza.

Después de todas las operaciones promovidas por el decorador de perros con foulard llegaría el momento del gran cambio. El final del programa. He pensado en que deberíamos montar un escenario con una foto del perro antes de venir al programa. No sé, un yorkshire claramente calvo y con cortinilla, por decir algo. Un yorkshire que se ve incapaz de aceptar la realidad. Un yorkshire poco atractivo y sin seguridad en sí mismo.

A la vez, al lado de esa foto mala tendríamos un biombo que oculta al nuevo perro. La gente tendría ganas de verlo, porque en ningún momento, salvo en el final del programa, se vería al perro ya cambiado para mejor. Al fin y al cabo tenemos que conservar el misterio. El biombo sería giratorio y giraría muy lentamente y la gente abriría los ojos y finalmente lo vería, ahí, en su máximo esplendor perril.

"Cáspita, qué perrete"

El perro tendría una nueva cabellera rubia y un buen par de senos y llevaría también un apretado vestido de seda negro con transparencias en la zona de las nalgas; un perro con contenido erótico claro, nada de difusas señales sexuales como antes. E iría con unos buenos tacones. La industria del tacón para perros tendría un nuevo empujón. Todo es positivo. Todos contentos.

La gente diría, menudo perro, cielo santo, qué perrete más guapo. Y tiraríamos limón en los ojos del perro cuando la cámara cambiara de plano y enfocara al público aplaudiendo, para que parezca que el perro llora un montón de la emoción de saber que ahora es un PERRETE GUAPO, y el doblador diría un soberbio "Rorlf! ahora soy un distinto perro con el mismo collar", en clara referencia al refrán "el mismo perro con distinto collar", pero con toques humorísticos. Ya sabe, ¿no? Y todos gritarían "¿Quién es el perrete guapo?" Y claro, la respuesta sería "el yorkshire que a partir de ahora es un perro que está muy, muy follable".

Y junto a todo, para disfrutar de su nuevo status físico, el yorkshire ganaría un viaje a un hotel para perros en Cancún, presentado con un vídeo lleno de perritas guapas al borde de una piscina, con cócteles Sex on the beach y otras cosas atractivas.

miércoles, 19 de junio de 2013

ENTREVISTAS A TUITEROS ILUSTRES: @jotaceja




Jotaceja es uno de los primeros tuiteros que seguí. También es de mis favoritos. Por eso mismo estoy aquí, en mi blog que no lee casi nadie, para hacerle una entrevista que la mayoría de vosotros consideraréis estúpida o sin demasiado sentido. El señor @jotaceja abrió su cuenta en febrero de 2012, como yo, porque somos almas gemelas y nos queremos mogollón. El caso es que desde entonces se dedica a hacer un humor muy particular, lleno de imágenes de Nicolas Cage, promoviendo la visión de un Dios que es como una madre que descuida a sus hijos porque es adicta a las drogas y llenando la viñeta de tuiteo con situaciones absurdas y crueles que le hacen gracia a él y a unos centenares de personas más con problemas en el momento de salir al mundo y socializar con el resto de la sociedad, entre las que me incluyo.
Así pues, comencemos:

Tu nombre de user me recuerda a las series americanas de los 90 en las que siempre aparecía un niño supuestamente molón llamado CJ. ¿Cuál es la historia de tu nombre? ¿Tiene algo que ver con Jotas y con Cejas?

Si te digo la verdad, fui aconsejado por andaluces. Yo era anti-twitter, pero me convencieron para hacerme uno. En ese punto no sabía que nombre ponerme, así que a alguien se le ocurrió mezclar un par de mis iniciales con una ceja. Ahora hay gente que se refiere a mí como "ceja" lo cual suena a nombre en clave. Y me gusta.

Se rumorea que estudias periodismo. ¿Vas a usar esta cuenta de forma seria en algún momento de tu vida?

Supongo que si algún día voy a cualquier país en llamas podría usar mi cuenta actual, generando así sorpresa y regocijo: "¿Pero el jotaceja este no era un obeso de 43 años?" Es más divertido que hacerme otra cuenta llamada "Señor Periodista Serio" y así podría aderezar la información real con humor: "Acaban de incendiar un hospital y los de la unidad de quemados no se dan cuenta". Tronchante. De todas maneras, alguna vez he escrito algo serio con esta cuenta. Cosas que, afortunadamente, están enterradas bajo montañas de tuits.
En todo caso, ¿qué podemos hacer teniendo periodistas con un sentido tan negro y absurdo del humor?

Más periodistas con sentido del humor tendría que haber. El mejor chiste que te contará el 95% de los de este gremio involucrará futbolistas. Y bueno, si queréis periodistas con sentido del humor sin fútbol, tendréis que elegir entre Wyoming, Roberto Brasero y yo. Vosotros veréis.

¿Por qué ese humor? ¿A qué huelen las nubes?

Estoy casi seguro de que las nubes huelen a nitrato de plata. Lo cual debería asustarte.
Respecto a lo de mi humor. El humor negro es como un limón. No, no agrio. Es como un limón proyectado hacia tu cara a mucha velocidad. Te da una hostia cerebral. Es chocante y eso mola. En cuando al humor absurdo, lo veo como el humor más inteligente que hay. Ojo, todo esto cuando se hacen bien (y no digo que yo lo haga bien, NO TERGIVERSE SEÑOR LOVING). El problema es que Tuiter está lleno de chistes de judíos que han perdido toda la gracia y decir "el abuelo pelea con una cebolla translúcida en casa de Patrick Swyze" no me parece muy gracioso. El humor se ha quemado muchísimo. O se me ha quemado a mí.
Coincido totalmente con esa visión del humor que tienes. El de la cebolla translúcida creo que me lo has plagiado, hijo de puta. Supongo que ha llegado el momento de entrar en temas más serios y profundos. Háblame de tu OBSESIÓN con Nicolas Cage.

¿Obsesión? ¿Acaso es obsesión el amor que siente un padre por su hijo? ¿Una puta por el crack? Para nada. Nicolas Cage es el artista más grande de todos los tiempos. No digo actor, sino artista. Sí. Ningún otro virtuoso le puede superar en ningún campo. ¿Mozart? ¿Beethoven? Afeminados y sordos zarrapastrosos al lado de Nic. Para ilustrarte esto, que no es más que una aplastante e indefectible verdad, podría enseñarte cualquiera de sus películas, pero mejor te pongo un vídeo recopilatorio de sus momentos más apolíneos.



Además, mi fondo de escritorio es Nic, mi nombre de usuario es Nic, mis iconos son su cara y mi salvapantallas...pues JFK. JJAJAJA NO, es Nic. Pero bueno, como todo el mundo sabe, un sabio dijo una vez:
Yo sólo confío en dos hombres agente Larkin, uno de ellos soy yo y el otro no eres tú.
¿Y Dios? Porque esa es también una de tus constantes como tuitero.


Pienso en Dios como un ente que un día creó un ecosistema de hijos de puta sin querer. Estaba ahí, haciendo sus cosas intergalácticas y pum. Personas. Pero claro, como somos así de especialitos pues le damos un poco de asco y pasa de nosotros. Se supone que su poder es infinito y total, pero se mostró hace milenios a unos analfabetos del desierto y no ha vuelto a aparecer. Sus razones tendrá para ser así de maligno. Desde una perspectiva lógica me es imposible creer en Dios, pero desde mi miedo absoluto hacia el concepto de sufrimiento eterno y hacia la soledad cósmica producto del azar, pues supongo que le tengo hecho un hueco. Básicamente aplico la apuesta de Pascal. Aunque en el caso de que exista, lo sabrá y me destruirá. Me gustaría que fuese un dios como el de Futurama.
¡Saramago! Tienes pinta de ser una persona con el cerebro caótico. Supongo que como toda persona inestable en ese sentido -admito serlo un poco, también- debes tener episodios de rabia y diálogos mentales extraños mientras estás tumbado en la cama o caminando hacia alguna parte. ¿Hay alguna paranoia o tic mental recurrente en tu vida?

Muchísima rabia. Al menos antes. Ahora está más o menos canalizada y es hasta útil. Pero me controlo bastante bien, nunca haría nada que te hiciese pensar: "puto loco". Los diálogos mentales son constantes, supongo que como todo el mundo. Me gusta formar una personalidad objetiva que me lanza preguntas que yo respondo, como una entrevista.

Claro. Continúa respondiendo, porque está claro que yo no soy una personalidad objetiva creada por ti. 

Lo mejor de mis paranoias es que enseguida las identifico como tal y es fácil suprimirlas. Respecto a los tics ¿sabes lo que es un TOC? A veces hago cosas como tocarme diez veces la punta de cada dedo para que X cosa suceda. Es una gilipollez y podría no hacerlo, pero me relaja. A pesar de todo, estoy más o menos satisfecho con esa bola gelatinosa de materia gris que hay sobre mis hombros.

Probablemente te guste leer y escribir. ¿Has escrito cuentos, guiones o algo más grande?

Sí, escribo cosejas. Relatos cortos y tal. Hice un amago de blog pero lo abandoné en la absoluta miseria. Viendo el tuyo quizá me anime a volver a publicar. Mira, te pongo un micro-relato que escribí hace bastante: 


"Y el martillo del revólver percutió la bala. Bang. Como siempre, como no podía ser de otra manera, como estaba escrito y como era esperado. El incandescente proyectil cortó el aire y perseguido por su estela se dirigió hacia la cabeza de un hombre que dejaría de serlo en unas milésimas de segundo.
El estruendo no se disipó de inmediato, rebotó contra las paredes y durante unos instantes fue el único sonido que delataba de manera inequívoca lo que acababa de pasar. Cuando el ruido se disolvió, un fuerte y molesto pitido se instaló en su oído. Puso una mueca amarga al pensar que el pobre diablo cuyos sesos servían ahora de pintura hubiese dado lo que fuese por sentir algo así de desagradable si eso significaba dejar de estar muerto. Al pensar en lo equivocado que probablemente estaría no pudo evitar llorar como cada vez.
Arrojó el arma al suelo, encendió un cigarrillo y esperó. Calculaba que faltaban dos minutos. En efecto, cuando la mitad de su cigarro se había consumido, la habitación entera empezó a temblar. Los cristales vibraban, la lámpara empezaba a oscilar de manera cada vez más violenta. El hombre al que acababa de matar se convulsionaba, el revólver retornó a sus manos, la bala al cañón, los sesos a la cabeza y el humo a su cigarrillo. 
Dejó de contar las veces que eso había ocurrido cuando llegó a dos mil. Siempre mataba a ese hombre y minutos después todo retrocedía hasta el momento en el que apretaba el gatillo. Pensaba que había matado a Dios, a un dios al menos, al hacedor de todo. Pensó que estaba en el infierno y se preguntaba si ese bucle demoníaco le pertenecía solo a él o toda la humanidad se hallaba atrapada en forzada solidaridad. Pero ninguna pregunta importaba, no había respuestas ni nunca las habría, y si las había, no remediarían que estuviese atrapado en un lapso de cinco minutos y cuarenta y dos segundos, matando a Dios una y otra vez durante toda la eternidad."


En mi cabeza le ponía música de Satie y quedaba muy guay. Respecto a la literatura, pues sí, me gusta bastante. Como a todo el mundo, supongo. Hay mucha gente a la que no le gusta leer, pero luego están esos gilipollas que se han leído dos libros, se consideran amantes de la puta literatura y te miran desde su estación de Ego por encima de la órbita terrestre. Capullos.

Y siguiendo el rastro de los temas literarios, ¿podrías recomendar a algún autor que te guste mucho, sea de ficción o ensayo, y decirnos por qué?


Un autor que me gusta muchíismo y que siempre recomiendo (encima es contemporáneo) es Cormack McCarthy. Me parece muy brutal y visceral. La Carretera o La oscuridad exterior son libros extremadamente violentos, con un ambiente miserable que me han hecho sudar frío. Un crack, vamos. 

Con el resto de ítems culturales me pasa lo mismo. Me gustan todos. Cómics, películas, videojuegos... etecé. Podría darte una lista de gustos, pero creo que son bastante genéricos y encontrarías similitudes entre cualquier persona al que le gusten estas cosas. Pero vamos, te digo uno de cada: Crossed, Man from Earth (que la vi hace ná y me dejó con el culo vuelto) y Fallout. También te diré que soy fan enfermizo de la aeronáutica. Pero sssshhh.

Coño, ahora que lo dices, recuerdo que una noche ya lejana hice un tuit sobre Spitfires con una pequeña equivocación y casi te me lanzas a la yugular. Prosigamos con una de las últimas preguntas: ¿qué quieres ser de mayor, niñito? ¿Tienes perspectivas de futuro? Está claro que son escasas, como para el resto de gente joven -con cerebro o no- que vive en este país.


Mis perespectivas de futuro son difusas como una nebulosa. Lo ideal sería ser un corresponsal de guerra excepcionalmente bueno, con lo suficiente como para comer un par de veces al día y un paquete de cigarrilos ocasional. Ya sabes, jugándome el tipo y esa mierda. Quizá acabe en la legión extranjera francesa o de dependiente del Zara. No lo sé.

Jean Claude Van-Damme estaría orgulloso de ti. Eres muy buen tuitero, eso está claro, pero dime: ¿cuando abriste esta cuenta, lo hiciste con alguna intención de prosperar más allá del propio hecho de tuitear por tuitear? ¿O por el contrario tenías ganas de abrir cierta brecha para poder inocularle tu identidad a todo el mundo para aprovechar esa influencia de caras al futuro? Me atrevo a decir que mucha gente lo piensa. Al fin y al cabo, ahora mismo todo pasa por internet, y si no estás ahí, literalmente no existes. ¿Qué opinas?

Cuando abrí la cuenta tampoco tenía un objetivo claro. Un sitio para soltar gilipolleces de manera impune, genial. Pero bueno, con el tiempo te das cuenta de que te lee bastante gente (a lo mejor en mi caso no) y que puede que sí que sea una buena forma de empezar a dejar una huella o a crear un futuro. Parece una tontería, pero cuando la gente empieza a estar pendiente de lo que dices, aunque sean estupideces, ya tienes un público susceptible de ser ampliado o cambiado. En cualquier caso puede que esto me haga más mal que bien, y que el jotaceja del futuro sea brutalmente criticado y descuartizado por la masa por las mierdas tan enormes que escribió.