miércoles, 7 de enero de 2015

LOS JUSTICIEROS



Se oyen gritos y risas de niños en el piso de arriba. Los padres y madres de algunos de los niños, sentados en los sofás del salón, hablan de sus asuntos, ignorando por completo el ajetreo general. La mesa, desplegada y llena de platos de plástico con restos de pastel, sigue reemplazando el espacio antes reservado a un pequeño mini-bar con ruedines que no ha tardado mucho en ser abierto e inspeccionado por el anfitrión y un par de seguidores entusiasmados y rechonchos que, después del tercer trago, empiezan a tener las mejillas rojas y a hablar más fuerte de la cuenta. Entre todos ellos, sentado en una silla literalmente pegada a la parte del sofá ocupada por una mujer gorda, hay un hombre visiblemente más joven que el resto y de tez oscura con las manos en los bolsillos. De aspecto humilde y mirada esquiva, sólo ha hablado cuando el anfitrión le ha preguntado, con mezcla de curiosidad e incomodidad, a qué se dedica, cómo llegó al país y por qué tuvo un hijo a una edad tan temprana. Las dificultades del hombre para responder a sus preguntas, que en el fondo considera del todo injustas por su tono condescendiente, le han llevado a sonreír de forma tímida y a tejer, con nervios visibles por su parte y un ineludible acento extranjero, respuestas inseguras e inventadas que poco tienen que ver con una verdad quizás demasiado triste para una tarde de cumpleaños. Una pequeña sensación de malestar se impone en la sala: de todas formas no hay, por fortuna para el padre joven, queja ni insistencia alguna en los demás por sus pobres explicaciones, pues en el fondo parecen estar tan poco interesados como él en abrir la caja misteriosa. Las risas de los niños siguen estallando como pequeñas réplicas y todos menos el joven, mezclados en sentimientos ahora conmutados, intercambian miradas jocosas.


En uno de los tres revisteros dispuestos en el salón, que es grande y hermoso, hay una mujer sonriente ocupando la portada de un magazín del corazón que parece estar mirándole a los ojos con estupor. La anfitriona, situada justo delante suyo y sentada en una butaca beige, no deja de mover la pierna que entrecruza su muslo derecho. El repiqueteo metálico que hace la hebilla de su gran cinturón al topar con el botón de la falda vaquera que lleva resulta muy molesto. En uno de esos momentos en el que todos los adultos proceden a llenar dos dedos de sus copas después de hablar de política, se oyen unos pasitos rápidos que descienden las escaleras. Con los ojos turbios y unos calcetines de jirafas, el niño que aparece acusa a otro de haberle tomado por la fuerza un juguete y luego pegarle. Las sonrisas de los padres contrastan con el enfado momentáneo de la mujer gorda, que se toma unos segundos para preguntarle quién se lo ha quitado, y la respuesta parece no sorprender a nadie. Las miradas apuntan al padre joven, que se disculpa con un gallo involuntario, traga saliva y se levanta para pedirle a su hijo, con voz grave y rápida, que baje. Después de unos segundos esperando una respuesta que no llega, le pregunta a la mujer si puede subir al piso de arriba para hablar con él.


Las escaleras son bastante anchas y de madera oscura. Un par de cuadros de escenas marinas pintados con mala mano intentan rellenar con relativo éxito el vacío de las paredes. Los gritos paran en seco cuando la madera del último escalón cruje y revela un pasillo iluminado por una lámpara de pie posada sobre un mueble de anticuario. Al fondo a la derecha hay voces susurrando algo que no consigue entender. Tras un breve respiro, llama a esa puerta y abre casi al instante. 


Por un momento teme verlos a todos desnudos.


En la habitación, pese a todo, sólo hay dos niñas haciéndose trenzas que le miran con cara de sorpresa. Los tres se quedan callados y muy quietos hasta que una de las niñas le cuenta que su hijo Carlos se ha escondido con los demás niños en alguna parte de la casa porque no quiere encontrarse con él, y que no sabe dónde puede estar. Consciente de que no debe ponerse a buscar a su hijo en una casa ajena por eso de no meter las narices donde no te llaman, vuelve sobre sus pasos para pedirle a los anfitriones que le ayuden; pero mientras baja las escaleras escucha las voces de los padres, que con una calculada discreción están hablando de algo que le incumbe mucho. Lo primero que logra oír es un ¿no os habéis fijado en que ese niño huele bastante mal?. Eso lo dice uno de los hombres, el que parece un botijo, en tono de sutil burla. No creo que tenga una buena higiene, aunque tampoco me extraña, replica la de la mujer que poco antes le daba permiso para subir a las habitaciones. Eso es cierto, cada vez que lo veo, y lo veo mucho porque yo voy a buscar a mi hijo a la salida de la escuela, me doy cuenta de que lleva la misma ropa, sentencia una tercera voz con pretendida finura. El hombre joven se sienta en las escaleras intentando hacer el menor ruido posible y empieza a morderse una uña sin dejar de escucharles. La culpa es de los padres. Hay gente que no debería tener hijos, prosigue esa misma voz. Creo que el Estado debería encargarse de eso, de la misma forma que se encarga de los permisos de conducir y otros; si no apruebas los dos exámenes, no te dan el carné. Una enorme punzada de vergüenza contrae la boca de su estómago. Los balaustres de madera de la barandilla parecen estrecharse con su campo de visión, que ahora está empañado y carece de firmeza. La humillación que siente sería muy distinta si todo ello se tratara de una simple y larga hilera de mentiras, y de hecho podría pensarlo; podría pensar que es tan sólo fruto de la maldad o de algún tipo de conjura, pero sabe perfectamente, y eso es lo peor de todo, que lo que dicen las voces, ahora con sus caras desdibujadas y frías, es verdad. Y eso, si cabe, provoca en él un enfado y una vergüenza aún mayor. ¿Crees que come bien?, añade una de las voces. Está flaco. Y, por cierto, ¿alguna vez habéis visto a su madre? Las voces niegan casi al unísono. Eso es trágico. Su cabeza se anuda a sus rodillas. La puntería de esa gente es exacta y descarnada. Irresponsables. Menudos irresponsables. Ese tipo no parece estar bien de la cabeza. Pese a todo, no va a ponerse a llorar. De alguna forma es como si eso ya estuviera sucediendo en un lugar lejano de su cabeza: lo nota como si hubiera una membrana, una membrana muy fina que delimita el flujo del pesar, pero no el de la exposición y la desnudez. Sus dientes logran arrancar parte de la uña de su dedo anular. La tira cede como si se tratara de una suave cremallera y es introducida en su boca. La mordisquea y nota el clic que la parte en dos. 


De repente se descubre deseando que su hijo no haya oído nada de lo que esas personas están diciendo. Está claro que su hijo no es estúpido, pero ojalá lo fuera. Ojalá fuera tonto y fuera ciego, dice. Alza y gira la cabeza: lo está buscando. No me extrañaría nada que pegara al niño. ¿Por qué creéis que no ha bajado cuando le llamaba? Al cabo de unos instantes, ya ajeno a todo lo que dicen, baja su cuerpo tres peldaños sin levantarse, entrecierra los ojos y lo ve ahí, al fondo del pasillo de la planta baja. Primero se fija en su ropa, que es la misma de siempre. Después piensa en preguntarle si ha oído algo de lo que decían, pero siente miedo. No va a enfrentarse a él. ¿Y si te roba? Mueve su mano un poco. Ese leve movimiento hacia él indica al niño que debe acercarse con sigilo. El niño sube las escaleras descalzo y se sienta al lado de su padre, que lo mira con los ojos muy abiertos. Intenta decirle algo al niño, pero tartamudea. A continuación, el primero se levanta y el otro le imita. Terminan de bajar las escaleras. El padre se asegura de hacer ruido, de pisar fuerte cada escalón para que le oigan. Las habladurías cesan de golpe.

Aparecen ante ellos, fríos y lejanos, y el niño se disculpa por quitarle el juguete al otro. Tres minutos más tarde el padre joven se sentará en la silla que estuvo ocupando antes y sonreirá y fingirá que no ha pasado nada.



sábado, 24 de mayo de 2014

UN ENCUENTRO FORTUITO

Volviendo cargada del supermercado con varias bolsas de la compra, Marta ve a su amigo Alberto al otro lado de la calle. Alberto, que va bastante abrigado para el día que hace, tarda unos segundos más en verla. Cuando lo hace se sobresalta un poco por la sorpresa y decide, tras alzar su gran mano en señal de saludo, esperar a que Marta llegue hasta él, gesto amable al que ésta responde con un movimiento de cabeza ascendente y una sonrisa. Durante el minuto de espera que los separa, ambos se miran y retoman viejas bromas en las que se lanzan besos y hacen pequeños ademanes suicidas contra los coches que pasan hasta que el semáforo se pone en verde y Marta avanza, acompañada por el gentío de la avenida, por el paso de cebra. Al ver que lleva varias bolsas, Alberto se ofrece sin mediar palabra a aliviar su carga y coge un par; y después de darse las manos que ambos tienen libres y un par de besos, empiezan a andar juntos. Es un bonito día de primavera y el ruido, que el calor ha potenciado desde la última vez que se vieron, satura y congestiona la ciudad.

Si pudiéramos ver a Marta y Alberto desde la perspectiva de uno de los miles de desconocidos que transitan por la avenida, no podríamos apreciar rasgo de incomodidad o extrañeza en sus gestos y palabras. Pese a que su contacto ha sido casi inexistente en los últimos años y reparado -o más bien parcheado- tan sólo por pequeños encuentros fortuitos como el de hoy, se siguen tratando con absoluta confianza y usando un sentido del humor que ambos han compartido desde siempre. Primero comentan el tiempo y las crueldades de la política para más tarde hablar de su trabajo o, en el caso de Marta, de la ausencia de éste. Instantes después de prometerse entre risas que un día de estos se juntarán para diseñar una bomba que vuele el Congreso de los Diputados, se quedan en silencio y, serenamente, se dejan llevar por el camino. Quizás nunca fueron demasiado habladores, pero están contentos de verse y eso se nota.

A la altura de un Bershka que hace esquina, Alberto se para en seco y le pregunta a Marta hacia dónde se dirige. Ella le responde que va a dejar las bolsas en casa y luego a una entrevista de trabajo. Es entonces cuando Alberto suspira de forma teatral y le dice a su amiga que él tiene que ir a la comisaría. Marta le mira con cara de no entender nada y le pregunta por qué, qué te ha pasado, qué te han hecho. Alberto le responde, con una sonrisa extraña, que va a entregarse por haber matado a su mujer. Después de quedarse en silencio durante unos segundos, Marta echa a reír y lo envía a tomar por el culo; pero justo antes de retomar la marcha, la mano libre de Alberto empieza a desabrochar el abrigo que lleva y, apartando levemente las dos junturas de la cremallera, le muestra a su amiga una gran mancha de sangre oscura que tiene en su camisa blanca. 

Marta enmudece de forma definitiva, arranca las bolsas de su mano y empieza a caminar rápido, pero Alberto la sigue y se pone a contarle que no hay nada de machismo en lo que ha hecho, que él no es un maltratador ni nada por el estilo y que le parece hasta absurdo tener que decir y aseverar una y otra vez obviedades como que las mujeres y los hombres son personas, y que por lo tanto están condenadas o premiadas a ser iguales. Tras sonreír de forma algo contrariada por el silencio de Marta, le repite que no lo ha hecho por un acto de posesión o control, sino simplemente porque en ese momento tenía un cuchillo en la mano y el acto de matarla le pareció una inmejorable idea, como quien baja a tomar unas cañas al bar o se quita los zapatos para meter los pies en el agua.

Alberto, de alguna forma, se siente más avergonzado por su necesidad de demostrar que no hay rastro de machismo en él que por ser un asesino, acto con el que no ha sentido absolutamente nada. Marta, que desde los noventa lucha activamente por la causa feminista junto a su pareja, le mira fijamente a los ojos, emite un chasquido de lengua y decide creerle. Sin romper el silencio enrarecido y la tensión evidente que hay en su rostro, lo acompaña hasta la puerta de la comisaría más cercana y ahí, bajo la atenta mirada de un policía que fuma, le da un abrazo de despedida.




viernes, 11 de abril de 2014

AÑO 1971: INGMAR BERGMAN ES UN ANACORETA DE VERDAD

Decide sentarse en un sillón de color blanco mientras repasa algunas de las preguntas que le hará al mismísimo Ingmar Bergman dentro de unos veinte minutos. Todas ellas están escritas en tres fichas un poco arrugadas por el contacto sostenido de sus manos. Cada cierto tiempo eleva la mirada, entra en un estado de pausa y se pone a anotar correcciones en los márgenes del papel con su bolígrafo. Pese al trabajo de preparación realizado, hay algo en él que duda y presiente un inminente e inevitable fracaso. Esa incertidumbre se traduce en la sensación de tener en su interior una pelota llenándole el pecho.

Ahora está en el plató. Sus piernas están cruzadas, y la que sostiene el peso de la otra no deja de moverse hacia arriba y abajo. Hay dos vasos y una botella de agua en la pequeña mesita de cristal que separa las dos butacas negras en las que ambos conversarán sobre los Grandes Temas. Mira la hora dos y tres veces. Observa el reloj de pared redondo situado al fondo de la sala con fruición, y cuando baja la cabeza lo ve. Se levanta de un salto y le da la mano. Su mano es muy grande y sus dedos larguísimos. Sus ojos son amables, pero tienen una ligera chispa de sueño. Es mucho más alto en persona. De hecho es mucho más alto que todo el mundo montado uno encima del otro, piensa. Bergman podría aplastarlo con su dedo meñique, si quisiera. Bergman podría aplastarlo usando la punta de su pene gigantesco. No es su cuerpo: lo verdaderamente alto, de alguna forma extraña, es su alma. Y eso le resulta gracioso. 

La entrevista empieza sin demasiados contratiempos. Bergman contesta a sus preguntas en un tono amable y honesto. El cámara fija la atención en pequeños detalles del cineasta. Su forma de llevarse la mano a la boca hace que el espectador intuya alguna frase de genio, un conjunto de palabras sacadas de quién sabe dónde: para Bergman el arte es algo profundamente incomprensible; un libro lleno de preguntas escritas en un idioma antiguo que nadie es capaz de leer con soltura. El entrevistador asiente con una sonrisa enigmática mientras reflexiona sobre esas palabras. Se toma unos segundos de silencio para llenar su vaso con agua y echar un trago. Mientras bebe clava su vista en Bergman. Observa su cara y luego aprecia una serie de contoneos en el tronco del cineasta, como si de repente se sintiera incómodo.

Según nos está contando Bergman, el proceso creativo es olvidarse del resto. ¿Qué es ese resto?, pregunta el entrevistador mientras se enciende un cigarrillo. El resto es todo aquello que no sea la maquinaria imaginativa. Cabe decir que no hay pretenciosidad alguna en él. Intuye esas palabras de una forma simple y las suelta, como si fuera un niño. Es entonces, mientras Bergman pronuncia estas palabras, cuando empieza a flotar un ligero olor a mierda. Al principio es fácil de ignorar, pero a medida que los minutos van pasando uno descubre que se ha vuelto indivisible del resto: la peste, como si fuera una constante línea de bajo, permanece pegada en el fondo del ambiente. Bergman, sin embargo, está tranquilo: se permite bromear sobre su vida y su acuciante necesidad de silencio. Para él todas esas entrevistas, con el debido respeto, no son algo que llamen su atención. Preferiría estar encerrado en mi casa o en lo alto de una columna, comenta con un tartamudeo casi imperceptible mientras se ríe.

Instantes después el entrevistador da paso a la publicidad, posa la mano derecha sobre la mesa y se despide temporalmente de los espectadores. Bergman aprovecha el momento y se incorpora un poco: coloca la mano sobre la del entrevistador y le dice directamente que se ha cagado encima. Lo dice sin ninguna clase de vergüenza; lo dice desde una especie de honestidad plena y mansa. Mientras se lo dice, el entrevistador puede notar un momento de fuerza en la mano que el cineasta ha posado sobre la suya. Aparece en su cara una sonrisa dulce y espontánea. Me he cagado encima. A veces es necesario. El entrevistador contrae las cejas. Estaba notando toda esa fuerte presión en mi ano mientras hablaba, y al cabo de unos minutos me he dicho a mí mismo un rotundo "qué coño" y he dejado de ofrecer resistencia. En ese momento Bergman se deja caer hacia atrás y suelta un largo y profundo suspiro. Después de servirse un poco de agua, continúa diciendo: debes saber que el proceso creativo es como esto. Cuando escribo y hago mis películas nunca me muevo. No hay segundo alguno de interrupción entre lo que pienso y realizo. Y cuando siento a la mierda pidiéndome una pista de aterrizaje, YO, que imagino ser una especie de controlador aéreo, le digo que pase, le doy pista. Le doy libertad de salir porque no quiero ir al baño. Bergman posa la mirada sobre la cara de una becaria joven y atractiva y prosigue con su discurso en voz baja: me cago constantemente encima, ¿sabes? De alguna forma es un precio a pagar, una multa. El Gran Peaje se establece en todo aquello que uno haga. El entrevistador pone una cara dudosa y poco después, inmerso en un fuerte cortocircuito, asiente. En el rostro de Bergman sólo se puede apreciar una expresión de veracidad y paz. Luego sonríe y empieza a mover la pernera del pantalón. De pronto, el entrevistador observa cómo un zurullo sale de su escondite y cae al suelo. Por un instante, mientras sus ojos se posan en los ojos de Ingmar, puede entrever cierto orgullo de clase, una pequeña muestra de la dignidad que reside en todo esto. Es entonces cuando el genio mueve el zurullo con el pie, lo esconde bajo la silla y prosigue con normalidad el diálogo televisado.

sábado, 5 de abril de 2014

NO ES LA PARCA

Cuando José abre la puerta de su bloque una vecina vieja y muy flaca que está bajando las últimas escaleras mueve el brazo en su dirección y lo llama utilizando la palabra chico. José, que va cargado con las bolsas de la compra, le saluda y se acerca a ella sin saber exactamente qué quiere. La anciana le agarra del brazo y le comenta, en voz muy baja, que hay un hombre en el rellano del piso de José que, según le ha dicho hace un par de minutos, ha venido a matarlo. Es un hombre alto, corpulento y calvo -prosigue la vieja-. He pensado que quizás era una broma, puesto que ahora todo el mundo bromea mucho con la muerte y estas cosas; pero yo te lo digo por si acaso. José, extrañado, deja las bolsas en el suelo y empieza a seguir a la anciana, que después de decirle todo esto se ha puesto a caminar en dirección al portal para salir. Intenta coger su mano para extraer más información acerca del hombre: pregunta sobre otro rasgo físico, sobre un acento, sobre una coletilla en su forma de hablar. Pero la anciana, al ver que José no se ha tomado la noticia en broma, empieza a pensar que hay alguna razón de peso en toda la historia, de modo que mueve la cabeza negativamente mientras su mano se suelta y le dice que ella, de estas cosas, no quiere saber nada. Que llame a la policía o se las arregle como pueda.

José, mientras la puerta principal se cierra y la vieja va desapareciendo de su vista, decide sentarse en el segundo peldaño de la escalera. Lo cierto es que la gente de ese barrio es muy seca. A veces, incluso, parece inmisericorde: es como si estuviera acostumbrada a la mierda. Hace cinco meses un hombre muy bajo se suicidó colgándose de un pequeño árbol situado debajo del edificio en el que José vive. José se dio cuenta de ello un par de días más tarde, cuando pasó por allí y descubrió que el árbol ya no estaba. Al preguntarle por la desaparición del árbol al propietario de un bar cercano, éste se lo contó todo con gran lujo de detalles. Al cabo de unos segundos, añadió que el suicida y él eran muy amigos, que lo sentía mucho y que la vida, en resumidas cuentas, eran muchos bastonazos en la espalda. José, por un momento, creyó estar en presencia de un robot contando una historia muy triste, porque no hubo expresión alguna en él que justificara todas esas frases. José a veces piensa en el suicida desconocido. Imagina su cara, su aspecto y su voz. Por otro lado, no termina de saber si la acción de haber talado aquél árbol era una medida disuasoria para los suicidas de baja estatura o una venganza muy estúpida hacia el árbol, cuya única culpa fue haber existido como apoyo, decoración y sombra en una zona profundamente loca y triste.

El bloque de pisos es de los años sesenta. Es una de esas edificaciones altas e idénticas a sus vecinas, cuya construcción en los suburbios es de su misma especie y sirvió para dar techo a bajo coste a los campesinos que emigraban a la ciudad. Ahora todos esos campesinos de antaño son en su mayoría pensionistas atrapados en su propia bañera y familias en el paro. 


José permanece cabizbajo. Se supone que hay un hombre que quiere matarle. Eso le sorprende enormemente, puesto que no recuerda tener enemigo alguno. Que él sepa, nunca ha hecho daño a nadie. Quizás tenga un sentido del humor hiriente o una crueldad desmedida en el habla, pero no se considera un asaltante físico ni está metido en problemas de ninguna clase más allá de los que él mismo sufre, que son muchos, pero interiores, cotidianos y en gran parte miserables. Intenta recordar algún momento enfermo o alguna mala acción cometida en el pasado, pero ahora no se le ocurre nada. Quizás todo se trate de una broma. José, además, no cree que ningún asesino se ponga a hablarle de sus planes a un desconocido. Pese a haberse dicho esta obviedad, un miedo modesto se ha escondido en él: ahora mismo lo está sufriendo en forma de latidos fuertes y resonantes. Al fin y al cabo, las cosas tienden a verse desde una perspectiva mucho más seria cuando tratan de uno mismo.

Decide empezar a subir peldaños en silencio; decide seguir cargando las bolsas de la compra por miedo a que se las robe alguien. Es consciente de que eso lo hará más torpe en términos de sigilo en caso de que haya alguien ahí arriba, pero la idea de tener dos preocupaciones situadas en ambos extremos del mismo segmento ya le parecen demasiadas. Podría ser un amigo, piensa José mientras se mueve de forma silenciosa. La verdad, sin embargo, es que hace años que no tiene ninguno -aunque él quiera pensar que sí-. Asoma la cabeza por el agujero de la escalera y descubre la existencia de una mano apoyada en la barandilla, tres pisos más arriba. En uno de los dedos de esa mano hay un anillo de oro bastante grande. La anciana, al parecer, no mentía. Pese a eso, se dice sin dejar de subir, es casi inconcebible que alguien pretenda matarle. ¿Por qué querría alguien hacerle daño? ¿Le habrá confundido de persona?

He ahí el último grupo de escaleras. José, que permanece agachado en el descansillo, puede oír la respiración del sujeto. Es lenta, profunda y congestionada, como el rumor de unas olas tranquilas. Un minuto más tarde, autoconvencido de que todo el asunto debe tratarse de un error y que a los veinte segundos ambos empezarán a reír y a darse palmadas en la espalda como buenos y futuros compañeros, decide asomarse y dar la cara. Es entonces cuando el hombre corpulento, que va vestido de negro, se gira. Debe medir dos metros, como poco. Los dos permanecen en silencio, mirándose a cinco o seis pasos de distancia: la escena parece haber sido sacada de una adaptación de western con un presupuesto muy bajo. La voz del gigante retumba en la escalera: ¿eres Carlos? José Artau niega con la cabeza. El hombre respira hondo y se disculpa.

jueves, 16 de enero de 2014

LA MUDANZA


    Ahora veremos como Adam, que se encuentra desnudo en su sala de estar viendo una vieja película de torturas a presuntas brujas, descubre que no hay tabaco. También veremos, con cierto asco y al cabo de unos minutos, cómo las ganas de fumar le superan y cómo se humilla sin reservas y se pasa unos segundos rebuscando en el cenicero con la esperanza de encontrar un cigarro fumado a medias, o como mínimo una colilla que tenga más de dos centímetros de materia fumable. Por culpa de su sesgado sentido de la higiene, recuerda que tiró gran parte de las colillas fumables a la basura hace pocas horas, cuando aún creía que el paquete de tabaco albergaba una cantidad que le permitía seguir viviendo sin preocupaciones en una especie de superávit tabaquil hasta el día siguiente. Se dirige entonces a la basura para seguir bajando peldaños mentales -se imagina la figura de un siniestro hombre encorvado con un candelabro en la mano, entrando en la cueva donde se aloja el propio terror-, pero descubre que la bolsa amarilla de la basura no está ahí, que alguien la ha bajado, que ha sido su novia y que su novia debería estar siendo fusilada en ese preciso instante.


Es entonces cuando Adam decide vestirse con lo primero que encuentra y robar cinco euros del bote de monedas de su novia para explorar una ciudad que no conoce con la intención, ahora sí, de comprar tabaco. Cierra la puerta por fuera y se pierde en las calles sucias y mal alumbradas de un barrio triste y cuadriculado que fue, a juzgar por las numerosas placas oxidadas con el símbolo del fasces clavadas en las paredes exteriores de los edificios, construido durante los años sesenta. Para Adam, estos paseos nocturnos son deprimentes y reveladores. Pese a ser joven, le obligan, como si una mano estuviera sujetándole la cara para que su mirada enfoque bien la escena, a verse como un viejo desquiciado que siente mucho asco por todo, arrancando lentamente y a medida que pasan los años sus ganas de levantarse para hacer cualquier cosa, por estúpida, necesaria o fácil que parezca. Después de deambular durante veinte minutos por esa zona mugrienta y olvidable de la ciudad que no conoce, llega a una gasolinera. La tienda de esa gasolinera, completamente blindada y actuando como rotunda negadora de cualquier contacto humano -los pedidos se colocan en una bandeja de metal movible que adquiere dimensiones de cárcel-, está comandada por una imbécil que nunca ha oído hablar del tabaco de liar, pese a tener varios paquetes a cuatro palmos de distancia. Después de clavar el dedo en el cristal y gritar repetidas veces quiero eso que está a la izquierda de esa lata de fabada, señora -venden latas de fabada, esos soberanos hijos de puta-, Adam logra hacerse con uno de los paquetes. Satisfecho pero en ningún caso contento, vuelve sobre sus pasos. 

Al llegar a su bloque y subir las escaleras, Adam descubre algo que lo descoloca totalmente: la puerta de su piso ha sido forzada. El lugar donde antes había un cerrojo ha desaparecido dejando un gran vacío. Después de dudar unos instantes, decide mirar por el agujero donde antes estaba la cerradura. En ese momento Adam no puede evitar pensar en todos esos anuncios de Securitas Direct presentados por Nuria Roca en los que una familia es brutalmente asesinada por ladrones rumanos por no haber contratado una de esas alarmas con cámaras que te observan de forma incansable.

Adam, como cualquier otra persona en su situación, sufre un pequeño ataque de pánico y piensa en llamar a la policía. Empieza a buscarlo en sus bolsillos, pero no encuentra su móvil: desde que se compró un buen smartphone, tiene la costumbre de dejarlo en casa cuando sale para que no se lo roben. La otra opción, piensa Adam con cierto desagrado, consiste en llamar al timbre de sus vecinos y pedirles ayuda. Después de unos minutos en los que su temor social parece estallar, respirando en silencio frente a la puerta de los vecinos del 5º B con su índice muy cerca del timbre, desiste y decide alejarse. Aunque nadie pudiera creerlo, Adam es alguien que nunca avisaría a un extraño incluso estando inmerso en la peor de las desgracias. Eso se explica ya no sólo por un extraño sentido del orgullo que le impide pedir ayuda sin sentirse muy mal por dentro, sino por el contrato social que supondría la posibilidad de que la ayuda vecinal surtiera efecto, es decir, que todo el problema se solucionara y terminara bien de una forma que roza lo utópico, hecho que le obligaría a vivir en una temida realidad en la que Adam interactúa de una forma que no desea con sus vecinos y se siente obligado a tratarlos como amigos a los que invitar a tomar café en las tardes de domingo y a regalarles gadgets de cocina por Navidad, estableciendo una relación siniestra y deforme con esa España terrible que aparece en los programas de sucesos y actualidad. Por esa razón preferirá entrar en su casa con la intención de recuperar su móvil -si aún está ahí- sin saber qué hay al otro lado de la puerta, arriesgándose a morir o a ser violado por gente cuyo rostro es la muestra palpable de la menospreciada miseria europea.


Así pues, Adam se coloca frente a la puerta, respira hondo y empieza a abrirla con mucho cuidado, asegurándose de no hacer ningún ruido. Palmo a palmo, la puerta va desvelando el recibidor y el salón, iluminado indirectamente por la luz anaranjada de la calle. Al parecer no hay nadie a la vista, ni tampoco desperfectos en el mobiliario. Adam entra en el piso en calidad -esta vez- de polizonte y avanza dando pasos muy cortos y lentos, como si caminara por las profunidades del océano. Cuando llega a la sala de estar se pone a buscar su móvil en los recovecos del sofá; durante el minuto siguiente se va permitiendo la libertad de hacer un poco más de ruido. Aunque sigue nervioso, ha dejado de notar una sensación de vértigo profundo. Mientras mete las manos en el espacio que separa los cojines y palpa la engañosa superficie del mando de la tele y restos varios de frutos secos, mecheros gastados y demás, descubre que hay algo allí, al fondo de la sala. Si se hubiera fijado bien, Adam se habría dado cuenta de que durante todo este tiempo una figura humana ha estado observándole desde el lindar de la puerta que comunica con el pasillo. Adam, paralizado por el momento, da un paso atrás. Durante un lapso de tiempo que parece interminable, ambos permanecen muy quietos y atentos a cualquier movimiento del otro, hasta que la descuidada voz de la figura se pone en marcha: ¿me podrías acercar ese ordenador portátil? La pregunta, pronunciada en un tono extrañamente educado y simpático, le resulta chocante. Confundido y asustado, Adam se queda pensativo y no tarda mucho en obedecer a la voz. Su incapacidad para entrar en conflicto con los demás adquiere aquí su gran extensión. Se lo entrega de forma casi litúrgica, como si se tratara del ordenador portátil de Jesucristo. El hombre de la voz ronca es realmente grande y huele a orín, piensa mientras se acerca. Tiene una barba despeinada y viste con ropa hecha harapos. Cuando éste tiene el ordenador en sus manos, le da las gracias. Adam responde un pálido de nada. Justo en ese momento entra en el piso otro hombre, uno con un abrigo naranja y gorro de lana que arrastra un contenedor pequeño. La escena es muy rápida: deja el contenedor pequeño en el centro del salón y, después de intercambiar unas palabras rápidas con el hombre de la barba, procede a levantar la mesa y llevársela. Adam, sucumbiendo ya a la timidez total, decide entonces sentarse en silencio en el sofá mientras observa como cada vez más hombres y mujeres con aspecto de indigente llegan al piso con mobiliario público: adoquines, farolas recortadas, fuentes públicas, una papelera, cartones. Muy pronto, un par de señoras andrajosas le piden a Adam que se levante y les ayude a bajar el sofá, porque pesa mucho. Obedece sin rechistar. Bajo la atónita mirada de unos vecinos que se han despertado por el ruido, Adam baja con cuidado y vergüenza un tresillo de color marrón acompañado por unas mujeres con ojos de locas y roña en la cara. Una vez llega abajo, otro indigente le da unos golpecitos en su espalda dolorida y le comenta de forma amistosa que puede subir de nuevo al piso, que él ya se hará cargo del sofá.

Al volver al piso se da cuenta de que las baldosas ya han sido correctamente sustituidas por adoquines y asfalto. Al mismo tiempo empieza a ser consciente del orden de todo esto, y mientras oye a dos gatos peleándose a muerte ahí donde antes había un baño -ahora sólo hay un cubo y una fuente pública-, Adam comienza a apreciar de una forma enajenada el sutil arte con el que esos mendigos han estado redecorando su piso. Nada parece estar fuera de lugar, todo obedece a un cierto sentido estético callejero. Los indigentes tienen su savoir faire. Un banco, emplazado ahí donde poco antes había el sofá, le invita con sus listones de madera oscura a sentarse de nuevo y a observar, sin intromisiones por su parte, cómo la miseria termina de instalarse en su hogar.