viernes, 11 de abril de 2014

AÑO 1971: INGMAR BERGMAN ES UN ANACORETA DE VERDAD

Decide sentarse en un sillón de color blanco mientras repasa algunas de las preguntas que le hará al mismísimo Ingmar Bergman dentro de unos veinte minutos. Todas ellas están escritas en tres fichas un poco arrugadas por el contacto sostenido de sus manos. Cada cierto tiempo eleva la mirada, entra en un estado de pausa y se pone a anotar correcciones en los márgenes del papel con su bolígrafo. Pese al trabajo de preparación realizado, hay algo en él que duda y presiente un inminente e inevitable fracaso. Esa incertidumbre se traduce en la sensación de tener en su interior una pelota llenándole el pecho.

Ahora está en el plató. Sus piernas están cruzadas, y la que sostiene el peso de la otra no deja de moverse hacia arriba y abajo. Hay dos vasos y una botella de agua en la pequeña mesita de cristal que separa las dos butacas negras en las que ambos conversarán sobre los Grandes Temas. Mira la hora dos y tres veces. Observa el reloj de pared redondo situado al fondo de la sala con fruición, y cuando baja la cabeza lo ve. Se levanta de un salto y le da la mano. Su mano es muy grande y sus dedos larguísimos. Sus ojos son amables, pero tienen una ligera chispa de sueño. Es mucho más alto en persona. De hecho es mucho más alto que todo el mundo montado uno encima del otro, piensa. Bergman podría aplastarlo con su dedo meñique, si quisiera. Bergman podría aplastarlo usando la punta de su pene gigantesco. No es su cuerpo: lo verdaderamente alto, de alguna forma extraña, es su alma. Y eso le resulta gracioso. 

La entrevista empieza sin demasiados contratiempos. Bergman contesta a sus preguntas en un tono amable y honesto. El cámara fija la atención en pequeños detalles del cineasta. Su forma de llevarse la mano a la boca hace que el espectador intuya alguna frase de genio, un conjunto de palabras sacadas de quién sabe dónde: para Bergman el arte es algo profundamente incomprensible; un libro lleno de preguntas escritas en un idioma antiguo que nadie es capaz de leer con soltura. El entrevistador asiente con una sonrisa enigmática mientras reflexiona sobre esas palabras. Se toma unos segundos de silencio para llenar su vaso con agua y echar un trago. Mientras bebe clava su vista en Bergman. Observa su cara y luego aprecia una serie de contoneos en el tronco del cineasta, como si de repente se sintiera incómodo.

Según nos está contando Bergman, el proceso creativo es olvidarse del resto. ¿Qué es ese resto?, pregunta el entrevistador mientras se enciende un cigarrillo. El resto es todo aquello que no sea la maquinaria imaginativa. Cabe decir que no hay pretenciosidad alguna en él. Intuye esas palabras de una forma simple y las suelta, como si fuera un niño. Es entonces, mientras Bergman pronuncia estas palabras, cuando empieza a flotar un ligero olor a mierda. Al principio es fácil de ignorar, pero a medida que los minutos van pasando uno descubre que se ha vuelto indivisible del resto: la peste, como si fuera una constante línea de bajo, permanece pegada en el fondo del ambiente. Bergman, sin embargo, está tranquilo: se permite bromear sobre su vida y su acuciante necesidad de silencio. Para él todas esas entrevistas, con el debido respeto, no son algo que llamen su atención. Preferiría estar encerrado en mi casa o en lo alto de una columna, comenta con un tartamudeo casi imperceptible mientras se ríe.

Instantes después el entrevistador da paso a la publicidad, posa la mano derecha sobre la mesa y se despide temporalmente de los espectadores. Bergman aprovecha el momento y se incorpora un poco: coloca la mano sobre la del entrevistador y le dice directamente que se ha cagado encima. Lo dice sin ninguna clase de vergüenza; lo dice desde una especie de honestidad plena y mansa. Mientras se lo dice, el entrevistador puede notar un momento de fuerza en la mano que el cineasta ha posado sobre la suya. Aparece en su cara una sonrisa dulce y espontánea. Me he cagado encima. A veces es necesario. El entrevistador contrae las cejas. Estaba notando toda esa fuerte presión en mi ano mientras hablaba, y al cabo de unos minutos me he dicho a mí mismo un rotundo "qué coño" y he dejado de ofrecer resistencia. En ese momento Bergman se deja caer hacia atrás y suelta un largo y profundo suspiro. Después de servirse un poco de agua, continúa diciendo: debes saber que el proceso creativo es como esto. Cuando escribo y hago mis películas nunca me muevo. No hay segundo alguno de interrupción entre lo que pienso y realizo. Y cuando siento a la mierda pidiéndome una pista de aterrizaje, YO, que imagino ser una especie de controlador aéreo, le digo que pase, le doy pista. Le doy libertad de salir porque no quiero ir al baño. Bergman posa la mirada sobre la cara de una becaria joven y atractiva y prosigue con su discurso en voz baja: me cago constantemente encima, ¿sabes? De alguna forma es un precio a pagar, una multa. El Gran Peaje se establece en todo aquello que uno haga. El entrevistador pone una cara dudosa y poco después, inmerso en un fuerte cortocircuito, asiente. En el rostro de Bergman sólo se puede apreciar una expresión de veracidad y paz. Luego sonríe y empieza a mover la pernera del pantalón. De pronto, el entrevistador observa cómo un zurullo sale de su escondite y cae al suelo. Por un instante, mientras sus ojos se posan en los ojos de Ingmar, puede entrever cierto orgullo de clase, una pequeña muestra de la dignidad que reside en todo esto. Es entonces cuando el genio mueve el zurullo con el pie, lo esconde bajo la silla y prosigue con normalidad el diálogo televisado.

sábado, 5 de abril de 2014

NO ES LA PARCA

Cuando José abre la puerta de su bloque una vecina vieja y muy flaca que está bajando las últimas escaleras mueve el brazo en su dirección y lo llama utilizando la palabra chico. José, que va cargado con las bolsas de la compra, le saluda y se acerca a ella sin saber exactamente qué quiere. La anciana le agarra del brazo y le comenta, en voz muy baja, que hay un hombre en el rellano del piso de José que, según le ha dicho hace un par de minutos, ha venido a matarlo. Es un hombre alto, corpulento y calvo -prosigue la vieja-. He pensado que quizás era una broma, puesto que ahora todo el mundo bromea mucho con la muerte y estas cosas; pero yo te lo digo por si acaso. José, extrañado, deja las bolsas en el suelo y empieza a seguir a la anciana, que después de decirle todo esto se ha puesto a caminar en dirección al portal para salir. Intenta coger su mano para extraer más información acerca del hombre: pregunta sobre otro rasgo físico, sobre un acento, sobre una coletilla en su forma de hablar. Pero la anciana, al ver que José no se ha tomado la noticia en broma, empieza a pensar que hay alguna razón de peso en toda la historia, de modo que mueve la cabeza negativamente mientras su mano se suelta y le dice que ella, de estas cosas, no quiere saber nada. Que llame a la policía o se las arregle como pueda.

José, mientras la puerta principal se cierra y la vieja va desapareciendo de su vista, decide sentarse en el segundo peldaño de la escalera. Lo cierto es que la gente de ese barrio es muy seca. A veces, incluso, parece inmisericorde: es como si estuviera acostumbrada a la mierda. Hace cinco meses un hombre muy bajo se suicidó colgándose de un pequeño árbol situado debajo del edificio en el que José vive. José se dio cuenta de ello un par de días más tarde, cuando pasó por allí y descubrió que el árbol ya no estaba. Al preguntarle por la desaparición del árbol al propietario de un bar cercano, éste se lo contó todo con gran lujo de detalles. Al cabo de unos segundos, añadió que el suicida y él eran muy amigos, que lo sentía mucho y que la vida, en resumidas cuentas, eran muchos bastonazos en la espalda. José, por un momento, creyó estar en presencia de un robot contando una historia muy triste, porque no hubo expresión alguna en él que justificara todas esas frases. José a veces piensa en el suicida desconocido. Imagina su cara, su aspecto y su voz. Por otro lado, no termina de saber si la acción de haber talado aquél árbol era una medida disuasoria para los suicidas de baja estatura o una venganza muy estúpida hacia el árbol, cuya única culpa fue haber existido como apoyo, decoración y sombra en una zona profundamente loca y triste.

El bloque de pisos es de los años sesenta. Es una de esas edificaciones altas e idénticas a sus vecinas, cuya construcción en los suburbios es de su misma especie y sirvió para dar techo a bajo coste a los campesinos que emigraban a la ciudad. Ahora todos esos campesinos de antaño son en su mayoría pensionistas atrapados en su propia bañera y familias en el paro. 


José permanece cabizbajo. Se supone que hay un hombre que quiere matarle. Eso le sorprende enormemente, puesto que no recuerda tener enemigo alguno. Que él sepa, nunca ha hecho daño a nadie. Quizás tenga un sentido del humor hiriente o una crueldad desmedida en el habla, pero no se considera un asaltante físico ni está metido en problemas de ninguna clase más allá de los que él mismo sufre, que son muchos, pero interiores, cotidianos y en gran parte miserables. Intenta recordar algún momento enfermo o alguna mala acción cometida en el pasado, pero ahora no se le ocurre nada. Quizás todo se trate de una broma. José, además, no cree que ningún asesino se ponga a hablarle de sus planes a un desconocido. Pese a haberse dicho esta obviedad, un miedo modesto se ha escondido en él: ahora mismo lo está sufriendo en forma de latidos fuertes y resonantes. Al fin y al cabo, las cosas tienden a verse desde una perspectiva mucho más seria cuando tratan de uno mismo.

Decide empezar a subir peldaños en silencio; decide seguir cargando las bolsas de la compra por miedo a que se las robe alguien. Es consciente de que eso lo hará más torpe en términos de sigilo en caso de que haya alguien ahí arriba, pero la idea de tener dos preocupaciones situadas en ambos extremos del mismo segmento ya le parecen demasiadas. Podría ser un amigo, piensa José mientras se mueve de forma silenciosa. La verdad, sin embargo, es que hace años que no tiene ninguno -aunque él quiera pensar que sí-. Asoma la cabeza por el agujero de la escalera y descubre la existencia de una mano apoyada en la barandilla, tres pisos más arriba. En uno de los dedos de esa mano hay un anillo de oro bastante grande. La anciana, al parecer, no mentía. Pese a eso, se dice sin dejar de subir, es casi inconcebible que alguien pretenda matarle. ¿Por qué querría alguien hacerle daño? ¿Le habrá confundido de persona?

He ahí el último grupo de escaleras. José, que permanece agachado en el descansillo, puede oír la respiración del sujeto. Es lenta, profunda y congestionada, como el rumor de unas olas tranquilas. Un minuto más tarde, autoconvencido de que todo el asunto debe tratarse de un error y que a los veinte segundos ambos empezarán a reír y a darse palmadas en la espalda como buenos y futuros compañeros, decide asomarse y dar la cara. Es entonces cuando el hombre corpulento, que va vestido de negro, se gira. Debe medir dos metros, como poco. Los dos permanecen en silencio, mirándose a cinco o seis pasos de distancia: la escena parece haber sido sacada de una adaptación de western con un presupuesto muy bajo. La voz del gigante retumba en la escalera: ¿eres Carlos? José Artau niega con la cabeza. El hombre respira hondo y se disculpa.

jueves, 16 de enero de 2014

LA MUDANZA


    Ahora veremos como Adam, que se encuentra desnudo en su sala de estar viendo una vieja película de torturas a presuntas brujas, descubre que no hay tabaco. También veremos, con cierto asco y al cabo de unos minutos, cómo las ganas de fumar le superan y cómo se humilla sin reservas y se pasa unos segundos rebuscando en el cenicero con la esperanza de encontrar un cigarro fumado a medias, o como mínimo una colilla que tenga más de dos centímetros de materia fumable. Por culpa de su sesgado sentido de la higiene, recuerda que tiró gran parte de las colillas fumables a la basura hace pocas horas, cuando aún creía que el paquete de tabaco albergaba una cantidad que le permitía seguir viviendo sin preocupaciones en una especie de superávit tabaquil hasta el día siguiente. Se dirige entonces a la basura para seguir bajando peldaños mentales -se imagina la figura de un siniestro hombre encorvado con un candelabro en la mano, entrando en la cueva donde se aloja el propio terror-, pero descubre que la bolsa amarilla de la basura no está ahí, que alguien la ha bajado, que ha sido su novia y que su novia debería estar siendo fusilada en ese preciso instante.


Es entonces cuando Adam decide vestirse con lo primero que encuentra y robar cinco euros del bote de monedas de su novia para explorar una ciudad que no conoce con la intención, ahora sí, de comprar tabaco. Cierra la puerta por fuera y se pierde en las calles sucias y mal alumbradas de un barrio triste y cuadriculado que fue, a juzgar por las numerosas placas oxidadas con el símbolo del fasces clavadas en las paredes exteriores de los edificios, construido durante los años sesenta. Para Adam, estos paseos nocturnos son deprimentes y reveladores. Pese a ser joven, le obligan, como si una mano estuviera sujetándole la cara para que su mirada enfoque bien la escena, a verse como un viejo desquiciado que siente mucho asco por todo, arrancando lentamente y a medida que pasan los años sus ganas de levantarse para hacer cualquier cosa, por estúpida, necesaria o fácil que parezca. Después de deambular durante veinte minutos por esa zona mugrienta y olvidable de la ciudad que no conoce, llega a una gasolinera. La tienda de esa gasolinera, completamente blindada y actuando como rotunda negadora de cualquier contacto humano -los pedidos se colocan en una bandeja de metal movible que adquiere dimensiones de cárcel-, está comandada por una imbécil que nunca ha oído hablar del tabaco de liar, pese a tener varios paquetes a cuatro palmos de distancia. Después de clavar el dedo en el cristal y gritar repetidas veces quiero eso que está a la izquierda de esa lata de fabada, señora -venden latas de fabada, esos soberanos hijos de puta-, Adam logra hacerse con uno de los paquetes. Satisfecho pero en ningún caso contento, vuelve sobre sus pasos. 

Al llegar a su bloque y subir las escaleras, Adam descubre algo que lo descoloca totalmente: la puerta de su piso ha sido forzada. El lugar donde antes había un cerrojo ha desaparecido dejando un gran vacío. Después de dudar unos instantes, decide mirar por el agujero donde antes estaba la cerradura. En ese momento Adam no puede evitar pensar en todos esos anuncios de Securitas Direct presentados por Nuria Roca en los que una familia es brutalmente asesinada por ladrones rumanos por no haber contratado una de esas alarmas con cámaras que te observan de forma incansable.

Adam, como cualquier otra persona en su situación, sufre un pequeño ataque de pánico y piensa en llamar a la policía. Empieza a buscarlo en sus bolsillos, pero no encuentra su móvil: desde que se compró un buen smartphone, tiene la costumbre de dejarlo en casa cuando sale para que no se lo roben. La otra opción, piensa Adam con cierto desagrado, consiste en llamar al timbre de sus vecinos y pedirles ayuda. Después de unos minutos en los que su temor social parece estallar, respirando en silencio frente a la puerta de los vecinos del 5º B con su índice muy cerca del timbre, desiste y decide alejarse. Aunque nadie pudiera creerlo, Adam es alguien que nunca avisaría a un extraño incluso estando inmerso en la peor de las desgracias. Eso se explica ya no sólo por un extraño sentido del orgullo que le impide pedir ayuda sin sentirse muy mal por dentro, sino por el contrato social que supondría la posibilidad de que la ayuda vecinal surtiera efecto, es decir, que todo el problema se solucionara y terminara bien de una forma que roza lo utópico, hecho que le obligaría a vivir en una temida realidad en la que Adam interactúa de una forma que no desea con sus vecinos y se siente obligado a tratarlos como amigos a los que invitar a tomar café en las tardes de domingo y a regalarles gadgets de cocina por Navidad, estableciendo una relación siniestra y deforme con esa España terrible que aparece en los programas de sucesos y actualidad. Por esa razón preferirá entrar en su casa con la intención de recuperar su móvil -si aún está ahí- sin saber qué hay al otro lado de la puerta, arriesgándose a morir o a ser violado por gente cuyo rostro es la muestra palpable de la menospreciada miseria europea.


Así pues, Adam se coloca frente a la puerta, respira hondo y empieza a abrirla con mucho cuidado, asegurándose de no hacer ningún ruido. Palmo a palmo, la puerta va desvelando el recibidor y el salón, iluminado indirectamente por la luz anaranjada de la calle. Al parecer no hay nadie a la vista, ni tampoco desperfectos en el mobiliario. Adam entra en el piso en calidad -esta vez- de polizonte y avanza dando pasos muy cortos y lentos, como si caminara por las profunidades del océano. Cuando llega a la sala de estar se pone a buscar su móvil en los recovecos del sofá; durante el minuto siguiente se va permitiendo la libertad de hacer un poco más de ruido. Aunque sigue nervioso, ha dejado de notar una sensación de vértigo profundo. Mientras mete las manos en el espacio que separa los cojines y palpa la engañosa superficie del mando de la tele y restos varios de frutos secos, mecheros gastados y demás, descubre que hay algo allí, al fondo de la sala. Si se hubiera fijado bien, Adam se habría dado cuenta de que durante todo este tiempo una figura humana ha estado observándole desde el lindar de la puerta que comunica con el pasillo. Adam, paralizado por el momento, da un paso atrás. Durante un lapso de tiempo que parece interminable, ambos permanecen muy quietos y atentos a cualquier movimiento del otro, hasta que la descuidada voz de la figura se pone en marcha: ¿me podrías acercar ese ordenador portátil? La pregunta, pronunciada en un tono extrañamente educado y simpático, le resulta chocante. Confundido y asustado, Adam se queda pensativo y no tarda mucho en obedecer a la voz. Su incapacidad para entrar en conflicto con los demás adquiere aquí su gran extensión. Se lo entrega de forma casi litúrgica, como si se tratara del ordenador portátil de Jesucristo. El hombre de la voz ronca es realmente grande y huele a orín, piensa mientras se acerca. Tiene una barba despeinada y viste con ropa hecha harapos. Cuando éste tiene el ordenador en sus manos, le da las gracias. Adam responde un pálido de nada. Justo en ese momento entra en el piso otro hombre, uno con un abrigo naranja y gorro de lana que arrastra un contenedor pequeño. La escena es muy rápida: deja el contenedor pequeño en el centro del salón y, después de intercambiar unas palabras rápidas con el hombre de la barba, procede a levantar la mesa y llevársela. Adam, sucumbiendo ya a la timidez total, decide entonces sentarse en silencio en el sofá mientras observa como cada vez más hombres y mujeres con aspecto de indigente llegan al piso con mobiliario público: adoquines, farolas recortadas, fuentes públicas, una papelera, cartones. Muy pronto, un par de señoras andrajosas le piden a Adam que se levante y les ayude a bajar el sofá, porque pesa mucho. Obedece sin rechistar. Bajo la atónita mirada de unos vecinos que se han despertado por el ruido, Adam baja con cuidado y vergüenza un tresillo de color marrón acompañado por unas mujeres con ojos de locas y roña en la cara. Una vez llega abajo, otro indigente le da unos golpecitos en su espalda dolorida y le comenta de forma amistosa que puede subir de nuevo al piso, que él ya se hará cargo del sofá.

Al volver al piso se da cuenta de que las baldosas ya han sido correctamente sustituidas por adoquines y asfalto. Al mismo tiempo empieza a ser consciente del orden de todo esto, y mientras oye a dos gatos peleándose a muerte ahí donde antes había un baño -ahora sólo hay un cubo y una fuente pública-, Adam comienza a apreciar de una forma enajenada el sutil arte con el que esos mendigos han estado redecorando su piso. Nada parece estar fuera de lugar, todo obedece a un cierto sentido estético callejero. Los indigentes tienen su savoir faire. Un banco, emplazado ahí donde poco antes había el sofá, le invita con sus listones de madera oscura a sentarse de nuevo y a observar, sin intromisiones por su parte, cómo la miseria termina de instalarse en su hogar.

martes, 10 de diciembre de 2013

EL ESFUERZO

Después de estar unos segundos dudando entre seguir caminando por la avenida o usar el callejón para ahorrarse tres minutos de trayecto, el hombre de mediana edad, que viste una americana con corbata gris y lleva un maletín, decide correr el riesgo y elige la segunda opción mientras mira su reloj con nerviosismo, un antiguo Casio que días atrás encontró en el fondo de su armario y hoy ha decidido ponerse por ironía. Quizás pueda llegar puntual al trabajo, se dice animadamente mientras inicia la marcha a paso rápido por el estrecho callejón lleno de pintadas y basura, cuyos altos edificios colindantes impiden que gran parte de la luz solar llegue a nivel del suelo, sumergiendo el lugar en una ligera penumbra que poco a poco se va intensificando.

Desgraciadamente, a unos diez metros del peatón y sentado en el primer peldaño de unas escaleras de emergencia, está esperándole un atracador con una navaja en la mano. 

Llegados a este punto, no hace falta decir que la elección del hombre con prisa va a ser una clara equivocación. Él aún no es consciente de ello, aunque de alguna forma lo haya podido imaginar -como algo muy lejano en el espacio y casi onírico- mientras tomaba la decisión. Ahora veremos, sin poder hacer nada al respecto, cómo el hombre llega al punto de no retorno; lugar en el que el atracador decidirá levantarse, llamarle la atención, preguntarle alguna estupidez del tipo ¿Sabes quién es Pikachu? para despistarlo y a continuación empujarlo de un golpe seco contra la pared más cercana, enseñándole su arma. 

Un ligero pinchazo en la barriga le hace darse cuenta de lo que está pasando. Está en un callejón y un hombre que parece estar muy nervioso quiere robarle sus pertenencias a punta de navaja. Lo primero que se atreve a decir es que no lleva absolutamente nada de valor encima, mentira obvia que rápidamente es contestada por el atracador con una pregunta acerca de si quiere morir apuñalado o no. Pasados unos pocos instantes de terrorífico silencio, el atracador empieza a meterle la mano libre en los bolsillos en busca de su cartera, acertando en el segundo intento. Cuando el atracador ya ha guardado en su chaqueta ochenta euros y un smartphone caro que encontró en el primer bolsillo, pregunta por el maletín. Los maletines de ejecutivo siempre tienen cosas de valor, musita. El hombre del reloj Casio responde, con voz temblorosa, que en su maletín no hay nada de interés. Es entonces cuando empieza un forcejeo: el hombre, paralizado por el shock, se ve incapaz de soltar su maletín. La situación se va volviendo cada vez más tensa. El atracador grita, amenaza, tira del maletín y le da un bofetón al hombre, y luego otro, pero la víctima no suelta el maletín de ninguna forma. Llega un punto en el que la situación se vuelve comprometida para los dos. ¿Acaso no me está tomando en serio?, se pregunta para sus adentros el atracador. ¿De veras cree que no tengo cojones de clavarle la navaja? A los pocos segundos, cansado de tener que aguantar sus propias arengas, se le pone la vista borrosa y le clava la navaja en el vientre y luego en la femoral. El hombre, al notar cómo la navaja entra en sus carnes y le perfora el intestino y más tarde el muslo, emite un grito sordo y cae al suelo. El otro, consciente de lo que ha hecho, se aparta y se queda mirándolo en silencio.

El hombre, con pequeños espasmos, se lleva la mano al vientre y luego la observa manchada de sangre. Es entonces cuando dice un estoy perdiendo sangre. Lo extraño de la situación, advierte el atracador, es que no lo dice en el tono asustado del que ha sido herido de gravedad, sino con un enfado considerable. ¡ESTOY PERDIENDO SANGRE, JODER!, repite el hombre, muy contrariado por la noticia. ¿Tú sabes lo que le ha costado a mi cuerpo producir toda la sangre que ahora estoy perdiendo?, le pregunta de pronto al atracador. Mucho. Muchas semanas, se responde. Esta sangre es mía. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas mientras un borbotón de sangre negruzca sale de su pierna y cae en el suelo. ¿Eres consciente del esfuerzo que ha supuesto para mi cuerpo el hecho de fabricar toda la sangre que ahora estoy derramando? El atracador mueve la cabeza negativamente mientras se aleja un poco más de la escena. Esta sangre me la he ganado con el sudor de mi frente. Toda esa producción incansable de sangre, ¿para qué ha servido? El hombre tira de su maletín, lo abre y después lo vuelca: decenas de papeles sin valor alguno para nadie caen y empiezan a volar por el callejón. No ha servido para nada. Ahora no soy un recipiente de sangre válido, exclama con rabia y tristeza mientras empieza a recoger, haciendo una forma de recipiente con sus manos, la sangre que está perdiendo para después echarla en el interior del maletín, que está abierto a su lado, repitiendo el proceso una y otra vez, como el marinero que achica agua de un barco que se hunde con la única ayuda de un cubo. Lo hace sin pausa hasta que muere desangrado minutos más tarde, incapaz de llenar más un maletín hasta los topes de la sangre que afortunadamente ha podido salvar.

viernes, 22 de noviembre de 2013

DE ALGUNA FORMA

De alguna forma viajar es como forzar la cerradura de una puerta y entrar al domicilio de un total desconocido para toquetear su cuarto de baño, dormir en su cama o beber alcohol hasta reventar en su sala de estar mientras lo destrozas todo a martillazos, sustituyendo los muebles, jarrones y otros elementos que has hecho añicos por montoncitos de billetes con impresiones de caras supuestamente famosas de las que nunca has oído hablar ni pretendes conocer. De alguna forma viajar es esto, pero con el propietario animándote a entrar a ti y a muchos más en su casa con una sonrisa falsa y en el fondo triste, porque estará obligado a ducharse en tu presencia y a follar con su mujer mientras tú te haces fotografías justo al lado con los dedos formando el símbolo "victoria" y diciéndoles guarradas muy desviadas al oído en un idioma que no entienden y, visto lo visto, preferirían no aprender. Es ver como un tipo en chanclas y con una gorra puesta al revés entra en un museo muy prestigioso y se queda pasmado mirando cierta escultura erótica con una erección muy potente bajo el pantalón, sin que puedas llegar a saber en ningún momento si su erección es una respuesta profunda que el artista ha intentado provocar en el espectador o, simplemente, que el sujeto que la está mirando empalmado es un gilipollas incapaz de dar una respuesta más elaborada.